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El Museo de Ramos Andrade

Se organizó un dispositivo para el traslado de la colección de muñecas a Salamanca sin que los catalanes lo supieran
Casa Lis
Fachada sur de la Casa Lis.

Los cuatro años de mi tercer mandato los dediqué, entre otras cosas, a conseguir el Museo de la Casa Lis. Fernando Fernández de Trocóniz había contactado con Manuel Ramos Andrade, prestigioso anticuario de Barcelona, poco antes de terminar su cuarto año como alcalde. Ramos era propietario de una cadena de tiendas de antigüedades y llegó a ser el presidente del gremio de anticuarios en la Ciudad Condal.     

Manuel Ramos había nacido en Navasfrías, de madre española y padre portugués. Las relaciones con su progenitor no fueron buenas y siendo muy joven emigró a las antípodas. En Melbourne conoció al anticuario más afamado de Australia que le inició en el difícil mundo de las antigüedades. De ser casi analfabeto, Ramos Andrade comenzó a hablar idiomas, a escribir libros y a destacar en el coleccionismo del art nouveau y art déco. Las familias más ricas del planeta, los reyes y emperadores le llamaban para comprarle joyas y antigüedades. Pero en lo que destacó de manera especial y se hizo un experto único en el mundo fue en muñecas, especialmente las francesas y alemanas.

Recuerdo a los directores de los museos de muñecas más famosos del mundo llorando de emoción el día de la inauguración del museo, nunca habían visto una colección igual. Tenemos en Salamanca la mejor serie de muñecas de España. Para hacerse con ellas, cuando lograba una especial la cambiaba por otra de inferior calidad. De vuelta a Europa abrió una tienda de antigüedades en Ginebra, Suiza, y desde allí saltó a Barcelona.

Pedro Pérez Castro me informó de la posible venida a salamanca de la colección. Él ya la había visto y consideraba que era magnífica. Programamos un viaje para entrevistarnos con Manuel Ramos Andrade y ver su colección. Pedí al rector de la Universidad de Salamanca, Julio Fermoso, a Pedro Miguélez y a Pedro Pérez Castro que me acompañaran para que valoraran conmigo las piezas. En Barcelona se unió al grupo mi amigo el salmantino Francisco Rubio Borrego, profesor de neurología de la Universidad de Barcelona. Nos trasladamos a la vivienda de Ramos Andrade en el Paseo de Gracia, una preciosa casa modernista donde pudimos ver pieza a pieza, con todo lujo de detalles, la mayor parte de la colección.

Le propuse la posibilidad de trasladarla a un edificio monumental de Salamanca. Le pareció bien, pero me puso tres condiciones previas. La colección permaneciera siempre unida, sin fragmentar, se instalaría en la casa de cultura, la modernista Casa Lis, y los beneficios de las entradas irían íntegramente a los niños y ancianos de su pueblo, Navasfrías.

Los gastos de mantenimiento correrían a cargo del Ayuntamiento de Salamanca. Me dijo algo más que entonces consideré exagerado, pero que visto como funciona en la actualidad el museo creo que tenía razón. Ramos Andrade creía que su colección tendría con el tiempo tanto atractivo como las Catedrales o la Universidad. Vi enseguida que estábamos ante una oportunidad y le dije que aceptaba el reto con las condiciones que me imponía.

De vuelta a Salamanca y con el acuerdo de los concejales del grupo de Gobierno nos pusimos a trabajar sin descanso. Se contrató un proyecto de rehabilitación que incluyó el cierre del patio, se procedió a valorar la colección y montamos un dispositivo para el traslado de la obra a Salamanca sin que los catalanes lo supieran. El gobernador, Javier Rodríguez, preparó el desplazamiento con la Guardia Civil, que escoltó las piezas del museo desde Barcelona hasta Salamanca. Todo salió a la perfección.

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