A Mª Tere Ramos, alma de la Universidad de la Experiencia

Soy profesora desde hace más de treinta años. Tres décadas consagradas no solo a la enseñanza, sino a una forma de estar en el mundo, de mirar, de escuchar, de relacionarme con los otros desde un lugar que exige entrega, atención y una fe inquebrantable en el poder de las palabras. Enseñar no ha sido para mí una elección puntual, sino una manera de vivir, una brújula íntima que ha orientado (y orienta) mis días incluso en medio de las tormentas.

Cuando una crece en un hogar donde la vocación se respira como el pan recién hecho, cuando los silencios están llenos de tiza y los gestos se afinan con la paciencia del aula, es casi imposible no quedar marcada. En mi caso, fue una herencia callada pero poderosa, tejida en los gestos cotidianos de mujeres que entendían el mundo a través de la enseñanza. Mi madre, mis tías, más tarde mis hermanas: todas maestras, profesoras, tejedoras de futuro, arquitectas de pensamiento. Esa cadena invisible, urdida con ternura y rigor, me alcanzó como si siempre hubiese sabido que ese era mi lugar en el mundo.

“Entre un sabio y un niño/ el niño siempre elige al compañero”, ha escrito –a partir de una idea del padre ManjónJavier Gilabert. 'Maestro' es, para mí, una de las palabras más bellas del idioma. No solo por su musicalidad sobria y serena, sino por el universo simbólico que encierra. Ser maestro no es ejercer un oficio: es encarnar una forma de vida, de responsabilidad amorosa. Es sembrar sin esperar la cosecha, confiar sin garantía, ofrecer sin exigir. Hubo un tiempo --quiero pensar que no del todo perdido-- en que el maestro era un faro. Alguien cuya palabra pesaba, no por imponerse, sino por su templanza. Alguien que señalaba, más que un destino, una dirección: la del pensamiento propio, la del discernimiento, la del asombro.

Todas esas ideas están en el origen de las palabras que ahora utilizamos en este ámbito: 'educar' tiene una relación etimológica con la palabra latina ducere, cuyo significado es guiar; 'docente' también procede del latín, doc?re (enseñar) y, a su vez, nuestro “enseñar” procede del latín insign?re, que significa señalar… El faro que ilumina y guía se encuentra, al fin y al cabo, en el fondo del sentido de todas estas palabras.

Hace más de tres décadas elegí este camino sin vacilación. No fue una decisión razonada --como digo-- sino que fue algo más profundo: una certeza que no necesitaba argumentos. Desde entonces, han pasado por mis aulas cientos de alumnos. Jóvenes inciertos, llenos de preguntas, que con el tiempo fueron encontrando su voz. He sido testigo de esa transformación silenciosa: de cómo se afilan las ideas, de cómo se ensancha la mirada, de cómo una chispa se enciende en medio de la duda. Y eso, lo confieso con una gratitud serena, me ha hecho profundamente feliz. Y lo sigue haciendo.

A pesar de los vaivenes de los sistemas educativos, de las reformas apresuradas, de los laberintos burocráticos que a veces parecen ignorar a las personas que habitan las aulas, sigo creyendo en este camino. Sigo encontrando sentido en cada clase, en cada alumno que pregunta con honestidad, en cada conversación que se convierte en revelación compartida. Sigue Gilabert, en el poema El buen maestro: “Saber ser niño es parte del oficio/ descubrir el misterio de las cosas,/ ponérselo en bandeja”.

Y, sin embargo, entre todas las experiencias docentes vividas, hay una que brilla con luz propia: la Universidad de la Experiencia. Allí ocurre algo distinto, algo que escapa a los esquemas tradicionales. No se trata solo de enseñar, de orientar a personas que, al fin y al cabo, ya tienen una edad forjada a base de decisiones personales, se trata de encontrarse. De dialogar con quienes traen consigo no una promesa de futuro, sino el peso --y la riqueza-- de una vida ya vivida. Allí la enseñanza adopta otro ritmo, otro tono, más pausado, más hondo. La edad no es una barrera, sino una forma de sabiduría que se comparte sin arrogancia.

Mis alumnos de la Universidad de la Experiencia no son simplemente alumnos. Son compañeros de travesía, cómplices de una pasión compartida. Pero mi trabajo con ellos lo hago con temor de no estar a la altura de lo que esperan y necesitan de mí en sus diversas situaciones vitales. Preparar sus clases demanda mayor trabajo que hacerlo con los jóvenes que quieren graduarse, aunque ambos grupos exigen una responsabilidad enorme a todo educador. Los jóvenes son como hojas en blanco sobre las que escribir puede resultar sencillo; los mayores son como un palimpsesto sobre el que ya se escribió y ahora se vuelve a escribir sobre lo previamente borrado.

Los conduzco con ternura hacia los territorios de la literatura que me han acompañado desde siempre, hacia las palabras que me han salvado en tantas ocasiones. Estos se acercan a esos textos con una avidez serena, sin prisa, con una alegría inusitada. Me escuchan casi con veneración (y hasta me aplauden al final de cada clase), pero también me interpelan, me iluminan con sus preguntas, con sus recuerdos, con la hondura de sus vivencias. Con ellos, la vocación se me renueva; no envejece, se acrecienta. En cada clase siento que doy algo esencial de mí, pero lo que recibo a cambio es infinitamente mayor.

Es una comunión rara, difícil de describir con justicia: un intercambio de afecto y conocimiento, de respeto mutuo y alegría compartida. Es, casi, como el esplendor de una luz que el profesor hace nacer “en la noche oscura”, como escribió Gabriela Mistral. No hay pretensión ni urgencia, solo el deseo genuino de entender, de conversar, de seguir aprendiendo. Y, tal vez por eso, es allí donde más plenamente he comprendido lo que significa enseñar.

“Sin duda es más difícil descender,/ hincarse de rodillas, de manera/ que queden nuestros ojos a su altura,/ tratar de averiguar qué necesita,/ dejar que de la mano él nos guíe”, continúa Gilabert… Porque enseñar, cuando se hace desde el corazón, no es transferir saberes, sino encender presencias. Y en la Universidad de la Experiencia, he aprendido que nunca es tarde para que una vida vuelva a florecer, ni para que una profesora se sienta, al fin, completamente alumna.

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Asunción Escribano

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