Dicen los que saben de física que el universo se expande hacia un frío absoluto. Yo sospecho que lo que de verdad se expande es la distancia entre lo que sentimos y lo que nos atrevemos a decir.
Hablamos poco de los afectos, esa materia oscura que mantiene unidas las costuras de nuestras familias sin que nadie sepa muy bien cómo funciona el invento. El afecto no es el estruendo del enamoramiento que, aun siendo maravilloso, tiene siempre algo de fuegos artificiales y mucho de incendio provocado. Es, más bien, el ruido de las llaves en la cerradura a la hora de siempre; es saber que el otro prefiere el café templado o la esquina tostada del pan… -o conocer el cajón de la mesilla donde guarda sus silencios-. Es una arquitectura silenciosa, un ladrillo puesto sobre otro durante años y que, en ocasiones, consideras un muro que te cerca, hasta que un día te das cuenta de que en realidad has construido un refugio contra la intemperie del mundo.
Pero los afectos, a diferencia de lo material, no son estáticos. Y, sin embargo, nos empeñamos en tratarlos como si lo fueran. Nos aferramos a la idea de que una amistad, un amor o incluso un vínculo familiar deberían resistir intactos el desgaste de los años, las decisiones y, sobre todo, las versiones sucesivas de nosotros mismos.
Vivimos en un tiempo donde parece que, si no etiquetas el sentimiento, este no existe, y nos hemos vuelto expertos en inventariar emociones como quien hace el balance de una mercería. Está el «like» rápido, ese sucedáneo de caricia que se da con el pulgar mientras se piensa en otra cosa, y está la cortesía obligada, ese barniz social que brilla mucho pero no abriga nada. El problema de los afectos modernos es que queremos que sean wifi: invisibles, rápidos y sin cables que nos aten, pero el afecto real siempre deja manchas en el alma. Es torpe, carece de los filtros de Instagram y se manifiesta, casi siempre, en los momentos más inoportunos.
Pero la vida -que tiene mucho menos de novela romántica que de calle empinada- se encarga de recordarnos que querer también es transformarse.
A veces observo a parejas de ancianos que caminan por el parque, ajustándose la bufanda el uno al otro, y no veo rastro de una pasión helénica, sino algo mucho más aterrador y posiblemente más difícil de conseguir: la costumbre elevada a la categoría de arte. Se conocen mutuamente las grietas, las manías y los miedos como quien se sabe el camino al baño a oscuras.
Ese es el verdadero patrimonio de los afectos. No es el «te quiero» que se grita desde un balcón para que lo oiga el vecindario, sino el «te he traído las pastillas» que se susurra en la penumbra de la cocina. Es la voluntad de seguir siendo el puerto de alguien cuando el mar se pone feo.
Al final, cuando se apaguen las luces y el ruido de la actualidad -ese que nos vende que estamos más conectados que nunca mientras nos sentimos más solos que nunca- se disipe, solo quedará la gente que nos quiso sin necesidad de usar un hashtag. Lo demás, créanme, es solo literatura de saldo. O peor aún, publicidad disfrazada de filosofía.
Por. Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado
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— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) May 1, 2026






















