Opinión

Los trenes que nos faltan

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Un tren en la estación de Salamanca. (Archivo)

La expresión ‘perder el tren‘ es una metáfora muy común que significa dejar pasar una oportunidad importante por no actuar a tiempo o por falta de decisión. Se utiliza cuando una ocasión favorable desaparece y es muy difícil que vuelva a repetirse, subrayando la idea de que en la vida existen momentos clave que requieren rapidez en la toma de decisiones para no quedarse atrás.

Salamanca lleva un tiempo en el que está perdiendo numerosas oportunidades de desarrollo por haber perdido -literalmente- muchos trenes y, por eso, es absolutamente necesario reivindicar los trenes perdidos.

Hay reivindicaciones que envejecen mal. Se desgastan, se convierten en consigna hueca o en arma arrojadiza. Y luego hay otras que, por el contrario, resisten el paso del tiempo porque hablan de algo esencial. La reivindicación de los trenes en Salamanca pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.

No estamos ante una demanda coyuntural ni que deba aparecer o desaparecer en función de quien ocupe el gobierno en cada momento. Estamos ante una cuestión estructural, de esas que condicionan el presente y, sobre todo, el futuro. Por eso resulta difícil entender -o quizá no tanto- que durante años esta reivindicación haya ido y venido al compás de los calendarios electorales, de los cambios de gobierno, de los relevos en los despachos y de los intereses partidistas.

Salamanca no puede permitirse ese lujo. Ya se manifestó en enero de 2024 y se va a manifestar de nuevo mañana.  Han transcurrido más de dos años entre la primera y la segunda manifestación y los problemas no solo no se han arreglado, sino que el «aislamiento ferroviario» de la provincia se ha incrementado. Quizás necesitamos descubrir nuevas fórmulas de presión mantenidas en el tiempo más allá de las manifestaciones puntuales cada dos años.

Porque recuperar los trenes que hemos ido perdiendo no es una bandera de izquierdas ni de derechas. No es patrimonio de nadie; no es una causa de un partido ni de otro. Es, o debería ser, una reivindicación transversal, compartida, casi instintiva para cualquiera que entienda lo que está en juego; salvo, claro, para quien, entendiéndolo, decide anteponer la disciplina de partido o el cálculo personal a los intereses de una ciudad que lleva demasiado tiempo esperando.

Hablamos de conexión, de oportunidades, de competitividad.

Hablamos de que la Universidad de Salamanca pueda desarrollar todo su potencial para proyectarse más allá. Recientemente el profesor Battaner Arias, exrector de la Universidad de Salamanca, comparaba las conexiones de Oxford o Cambridge con Londres -más de un centenar de frecuencias diarias- frente a las exiguas de Salamanca con Madrid, que nos sitúan “en clara desventaja en términos de movilidad, atracción de talento, actividad académica y desarrollo económico”.

Pero no se trata solo de las universidades de Salamanca, se trata de que el talento que se forma aquí no tenga que marcharse -o al menos no lo haga por falta de infraestructuras-, de que nuestras empresas no queden aisladas, de que nuestros jóvenes puedan moverse con facilidad, de aprovechar las oportunidades que ofrece el teletrabajo para vivir aquí. Hablamos, en definitiva, de futuro. Y el futuro no entiende de siglas.

Por eso, lo verdaderamente preocupante no es solo lo que se ha perdido, sino la falta de un consenso indispensable que facilite una presión sostenida en el tiempo para recuperarlo. Esa que no se apaga cuando pasa la noticia, ni se enciende solo cuando conviene políticamente a unos u otros. Esa que obliga, gobierne quien gobierne, a mantener el foco y la exigencia en lo que Salamanca necesita. Se trata de poner a Salamanca primero.

Porque esto no va de un partido ni de una legislatura. Va del futuro.

Salamanca necesita recuperar los trenes y para eso, si hace falta, es preciso convertir esta cuestión en una reivindicación permanente. Incómoda, si hace falta. Reiterativa, insistente, sin complejos. Porque las ciudades que avanzan no son las que callan y esperan, sino las que alzan la voz e insisten contra viento y marea si es preciso.

No se trata de mirar atrás con nostalgia, sino de mirar adelante con ambición. Recuperar los trenes es negarse a quedar atrás. Y en eso -al menos en eso- deberíamos estar todos de acuerdo; a estas alturas, ya no debería haber discusión posible.

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

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