‘Los francotiradores del fin de semana’: la investigación italiana que destapa un horror olvidado de Sarajevo. Los testimonios coinciden en un perfil inquietante: hombres europeos, con alto poder adquisitivo, profesionales liberales, empresarios y figuras públicas que viajaban a Bosnia para pasar un fin de semana disparando contra la población civil. El trofeo más codiciado por estos ‘cazadores’ eran los niños.
Durante la guerra de Bosnia y Herzegovina, entre 1992 y 1995, un fenómeno tan macabro como desconocido habría tenido lugar en pleno asedio de Sarajevo: ciudadanos europeos adinerados, entre ellos un número significativo de italianos del norte del país, habrían pagado grandes sumas de dinero para viajar a la ciudad sitiada y disparar contra civiles indefensos. La Fiscalía de Milán investiga en la actualidad estos llamados ‘safaris humanos’, un episodio que mezcla violencia, impunidad y una profunda deshumanización. A finales de marzo de 2026, la investigación continúa abierta y no existen todavía confirmaciones oficiales que permitan establecer con certeza la magnitud real de los hechos.
La investigación judicial italiana, reactivada a inicios de marzo 2026, se apoya en testimonios recogidos por el periodista Ezio Gavazzeni en su libro I cecchini del weekend, así como en declaraciones de acompañantes, testigos y antiguos miembros del ejército serbobosnio. Según estas fuentes, durante los años más duros del asedio de Sarajevo se habría creado una red clandestina que ofrecía a extranjeros la posibilidad de “experimentar la guerra” desde los edificios ocupados por los francotiradores serbobosnios. Los testimonios coinciden en un perfil inquietante: hombres europeos, con alto poder adquisitivo, profesionales liberales, empresarios y figuras públicas que viajaban a Bosnia para pasar un fin de semana disparando contra la población civil.
Los ‘paquetes’ incluían: traslado desde Italia hasta zonas controladas por los serbobosnios; alojamiento en edificios estratégicos desde los que se dominaban calles y plazas de Sarajevo; armas y municiones proporcionadas por los militares locales y acompañamiento de guías que señalaban los ‘objetivos’. Las tarifas variaban según el tipo de arma, la posición del tirador y la dificultad del blanco. El relato de varios testigos coincide en un detalle especialmente perturbador: el trofeo más codiciado por estos ‘cazadores’ eran los niños.
El artículo publicado por El País el 20 de marzo de 2026 recoge declaraciones de personas que vivieron el asedio y que recuerdan haber visto a extranjeros en posiciones de tiro. La Fiscalía de Milán ha interrogado recientemente a un hombre de 80 años de un pueblo del Friuli-Venezia Giulia (región en el norte de Italia), uno de los presuntos participantes, aunque el proceso avanza con dificultad debido al tiempo transcurrido y a la falta de documentación oficial. Aun así, los investigadores consideran que las pruebas reunidas justifican continuar con la causa.
Durante años, estas historias circularon como rumores imposibles de verificar. La crudeza del asedio, la destrucción de archivos y la falta de voluntad política en la posguerra contribuyeron a que el tema quedara enterrado. Solo ahora, gracias a nuevas investigaciones periodísticas y judiciales, el caso vuelve a la luz. La investigación sobre ‘los francotiradores del fin de semana’ no es solo un intento de hacer justicia tardía, es también un espejo incómodo para Europa. Si se confirman los hechos, demostrarían que ciudadanos de países democráticos y prósperos participaron voluntariamente en crímenes atroces, amparados por la impunidad y el anonimato.
Para Sarajevo, donde miles de civiles murieron bajo el fuego de los francotiradores, este caso reabre una herida que nunca llegó a cerrarse. Para Italia supone una llamada urgente a revisar su propia memoria histórica y a preguntarse cómo fue posible que la guerra se convirtiera, para algunos, en un macabro entretenimiento. La justicia italiana tiene ahora la responsabilidad de esclarecer los hechos. Pero la responsabilidad moral es de todos: recordar, denunciar y no permitir que el horror quede sepultado bajo el silencio.
Por. Francesca Rasetta, defensora de los Derechos Humanos





















