Opinión

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Que el Sr. Rajoy saque pecho tras la última Encuesta de Población Activa (EPA), que como todos sabemos es un estudio estadístico destinado a capturar datos sobre el mercado de trabajo, o lo que es lo mismo, datos para cálculo de la tasa de desempleo; es otra evidencia más de la farsa política y social en la que estamos inmersos los ciudadanos de este país, y no porque considere que las cifras no son reales, cuestión que no puedo demostrar por carecer de los conocimientos y medios adecuados para ello, pero sí la precariedad del empleo y la esclavitud laboral en las que asienta la mayoría de los datos que muestra dicha encuesta.

Que el Partido Popular celebre que la EPA del segundo trimestre de este año da como resultado que el número de ocupados se incrementa en 411.000, por lo que la referida a los parados se sitúa en 5.149.000 personas, sería como celebrar el haber ganado una carrera porque el resto de participantes se han retirado de ella. Vamos que, con una cifra tan alta de desempleo no se puede celebrar absolutamente nada, máxime cuando todos sabemos que lo normal es que durante el inicio de la época estival el empleo aumente debido al turismo como principal motor del mismo en nuestro país, sobre todo en la hostelería.

[pull_quote_left]Que Rajoy saque pecho tras la última Encuesta de Población Activa (EPA), que como todos sabemos es un estudio estadístico destinado a capturar datos sobre el mercado de trabajo, o lo que es lo mismo, datos para cálculo de la tasa de desempleo; es otra evidencia más de la farsa política y social en la que estamos inmersos los ciudadanos de este país, y no porque considere que las cifras no son reales, cuestión que no puedo demostrar por carecer de los conocimientos y medios adecuados para ello, pero sí la precariedad del empleo[/pull_quote_left]Además, estos datos, como casi todas las estadísticas no dejan de ser manipulables, sobre todo en su interpretación y en lo que trasciende a la opinión pública, en especial cuando quienes se encargan de su difusión son los políticos que gobiernan, es decir, quienes los cocinan, y sus periodistas advenedizos, siendo lo más preocupante el dato relativo al número de familias en la que todos sus miembros están sin empleo, sobre el cual guardan absoluto silencio y que sitúa en casi dos millones de hogares. Aspecto que pone de manifiesto un gran drama al tener que vivir muchas de ellas por debajo del umbral de la pobreza, dependiendo su supervivencia de la caridad del resto de sus familiares y amigos, o de la propia sociedad civil a través de los bancos de alimentos, debido a que al Estado le importa un bledo de qué y cómo vivan estas personas, pues todos sabemos hasta el punto en que las prestaciones sociales y por desempleo han disminuido o limitado su cobertura.

Pero, lo más sangrante, si cabe, es la forma en que se trabaja, a nadie o a muy pocos se nos escapa este aspecto, bien porque lo sufrimos en primera persona o porque algún familiar o amigo es víctima de esta situación, habida cuenta que en la mayoría de los trabajos, aunque las referidas estadísticas indiquen que han aumentado los contratos indefinidos, la nota característica sigue siendo la precariedad del empleo en sus diversas manifestaciones, lo que han convertido el mercado de trabajo en este país en una auténtica esclavitud laboral.

Si durante el tiempo de vigencia de nuestra Constitución, que va para treinta y siete años, por tanto una Constitución madura por su edad, el derecho al trabajo recogido en su artículo 28, constituye una de las bases sobre las que se asienta jurídicamente el modelo laboral de nuestro Estado, siendo su alcance la libre elección de la profesión y oficio, la promoción a través del trabajo y una remuneración suficiente. Sin embargo, todos sabemos que no ha dejado de ser siempre una entelequia, pero nunca tanto como ahora, donde las 40 horas de trabajo semanales por las que tanto hemos luchado en el pasado se han convertido en 50 o más, en muchos casos, a través de la realización de horas extraordinarias que nunca se pagan, o jornadas completas con contratos a tiempo parcial y sueldos irrisorios que, la mayoría de las veces, no alcanzan los 648,60 euros del Salario Mínimo Interprofesional; sin contar la interinidad de las relaciones laborales con contratos temporales y muchos de ellos bajo la modalidad de formación o en prácticas, eso cuando se tiene la suerte de trabajar cumpliendo esta formalidad.

Estando así las cosas, de la libre elección de la profesión u oficio mejor no hablar, al igual que de la promoción laboral, si tenemos en cuenta que muchísimas personas, por no decir la mayoría, con titulación universitaria, se ven obligadas a ocupar puestos de trabajo no cualificados por la escasez de la oferta y la gran demanda. A todo ello, hay que añadir la flexibilización del mercado laboral en cuanto al abaratamiento del despido y la justificación de las causas del despido objetivo.

En fin, si el ser humano siempre ha estado por debajo del poder económico, ahora lo está más que nunca, puesto que las condiciones impuestas en el rescate al poder financiero en nuestro país, que todos estamos pagando, ha llevado a tratar a las personas igual que a los animales. Sólo falta que el contrato de trabajo ya no se suscriba en papel con firma de las partes implicadas y control de los sindicatos, sino que la relación laboral se marque a fuego en nuestro pecho o espalda con la marca del euro para que no nos olvidemos de que si seguimos vivos y tenemos trabajo es porque nuestro “señor”, que es quien posee el capital, nos lo permite.

Muy pocas empresas han considerado al trabajador como un activo, sino todo lo contrario, es decir, como una carga. Carga que siempre se ha intentado reducir al mínimo mediante el recorte de sus derechos y otros abusos laborales. Pero lo peor es que ahora este padecimiento de la clase trabajadora contrasta con la buena vida de nuestros políticos, grandes empresarios o directivos de los Banca que con sus tarjetas black han llegado a pagar meretrices, coches de lujo, yates, viajes internacionales y comilonas hasta reventar; llevando, en definitiva, una vida a todo tren mientras el país padecía y sigue padeciendo las consecuencias de sus excesos, mala administración y gestión de lo público.

[pull_quote_left]Pero, lo más sangrante, si cabe, es la forma en que se trabaja, a nadie o a muy pocos se nos escapa este aspecto, bien porque lo sufrimos en primera persona o porque algún familiar o amigo es víctima de esta situación, habida cuenta que en la mayoría de los trabajos, aunque las referidas estadísticas indiquen que han aumentado los contratos indefinidos, la nota característica sigue siendo la precariedad[/pull_quote_left]Resulta ultrajante tales comparaciones, sobre todo cuando los excesos han salpicado a las más altas instituciones, que se presume deben dar ejemplo, entre ellas a la Jefatura del Estado y a su familia, con cazas de elefantes en el momento más álgido de la crisis y los chanchullos de la Infanta Cristina y su amado esposo, Iñaki Urdangarin, que con cara de no haber roto nunca un plato, su presumible enriquecimiento injusto a través del tráfico de influencias, ha llevado a una abdicación a modo de lavado de imagen de una institución trasnochada que para lo único que sirve es para llenar las revistas del corazón o de la prensa amarilla. Ello, sin hacer mención a los innumerables casos de corrupción que, un día sí y otro también, nos encontramos en el telediario de turno, y que con indolencia la gran mayoría de la ciudadanía acepta como parte de lo cotidiano.

Esto es en lo que han convertido España, en un lugar que rezuma abusos políticos y de poder por doquier. Donde los pobres siguen siendo más pobres y los ricos más ricos. Donde el modo y nivel de vida nada es comparable con el de los países más ricos de la Unión Europea a la que pertenecemos; situación a la que nos ha llevado la subyugación del gobierno al poder financiero ocupando uno de los vagones de cola de esa Unión que se suponía solidaria y que se ha convertido en explotación de los más débiles, no sólo económicamente hablando sino también en derechos y libertades, transformando nuestra Constitución en una irrisoria declaración de intenciones, puesto que muy poco de lo que en ella se dice se termina cumpliendo, y ya no hablemos de nuestra soberanía nacional, la cual empieza a brillar por su ausencia.

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3 comentarios

  1. Todo en el PP es una mentira, aunque en otros partidos pico más o menos. El gran problema es que la sociedad española es muy dada a hablar y poco hacer. Nos pasamos las horas protestando, en casa, en los bares, en las redes sociales, aquí y en otros foros, hasta incluso vamos a alguna manifestación de vez en cuando, para mantener tranquila nuestra conciencia social. Pero cuando hay que dar la cara y poner toda la carne en el asador nos retiramos sigilosos, como seria hacer una huelga general indefinida, único mecanismo del que disponemos los trabajadores para reivindicar nuestros derechos y denunciar los abusos, pero esto supone perder días de salarios, aunque lo contrario es perder derechos y dignidad, y ser unos borregos esperando que venga un mesías a salvarnos. Así nos luce el pelo, protestar por todo y no hacer nada.

  2. Este país no tiene remedio. Nos seguirán dando por donde amargan los pepinos, mientras no se forme una gran coalición de izquierda, de la ciudadanía, frente a la derechona rancia, manipuladora y represiva que des-gobierna este país. Pero me extraña con tanto protagonismo y borreguismo detrás de tanto salva patrias surgidos de la nada. Una pena

  3. Una pregunta : Soy de la generación que corría delante de los grises. Me mamé los finales de los sesenta entre manifestación y detenciones en los
    sórdidos calabozos de Vía Layetana de Barcelona.
    La pregunta es:
    ¿ Si entonces por mucha menos humillación al trabajador se montaba la
    de Dios es Cristo, que sucede ahora para tragar con lo que se traga, sin
    que nadie haga nada aparte de montar asambleas y «cacarear» cómo unas
    gallinas asustadizas. Que ha cambiado en España ?

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