Opinión

Agradecimiento a la residencia San Rafael

Esta carta va dirigida a los cuidadores que tuvieron el privilegio de conocer y atender a Loreto García: Rocío Sánchez Mayordomo; Ana Isabel Sánchez Chamoso; Juan Jesús Díez Blanco; Laura Calvo Sánchez; María Ángeles Marcos Romo; Manoli Pérez González; La fisioterapeuta Sara, el personal de portería Jacinto, Felipe y Julio; las limpiadoras María y paloma y el sacerdote Chema.

Podríamos agradecerles su cariño, su profesionalidad y su espíritu humano, pero solo así nos quedaríamos muy cortas. Este escrito no sólo pretende eso. Va más allá. Por eso aparecen sus nombres y apellidos; porque va dirigida a un grupo de personas excepcionales en circunstancias excepcionales.

Que una persona en el final de su vida tenga que acogerse a un centro para que su atención sea completa, y porque ya no le responde ni su cuerpo ni en muchos casos su mente, implica una fragilidad y una indefensión que en manos equivocadas es un tremendo abismo. Por eso, nosotras, sus hijas, éramos veladoras constantes de su bienestar y su amor.

Hemos vivido situaciones muy penosas e irregulares en la residencia San Rafael. Nunca conseguimos que nadie responsable del Centro nos escuchara y diera soluciones a nuestras peticiones. Y esto no se corresponde con la filosofía que predica la residencia.

Cada vez se recorta más en personal, con lo que ello implica una sobrecarga de trabajo para los auxiliares que aun queriendo hacerlo bien, no pueden. ¿Qué se pretende y quién se enriquece con estas medidas, señores del Patronato? Tienen profesionales excepcionales; personas que cada uno de nosotros quisiéramos tener cerca cuando ya no seamos lo que fuimos. Por lo tanto, cuídenlos y fomenten su valía. Son como los faros que iluminan al mundo. Sus manos tendidas hacía los más débiles es lo mejor que tiene su institución. No los pierdan o se perderá el verdadero espíritu que predican.

Amparo y Julia Martín


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