Opinión

Van del coro al caño o viceversa

Me ha costado decidirme por este epígrafe, entre trabalenguas y dicho popular con incierta traducción, para plasmar el sinvivir actual de nuestros representantes, quizás verdugos. Más allá del intento por trabucar sonidos (en ocasiones para caer avergonzados con el desliz y sufrir las chanzas consiguientes) la frase se impone cuando queremos indicar a otro cierta desorientación. Políticos e informadores siguen fielmente una trayectoria tornadiza, de so y arre o de pulga expeditiva. Alarmante. Nos marean mientras pretenden justificar lo que jamás deberíamos admitir. Han desnaturalizado la democracia y encima aparece un líder y un partido urdiendo singularidades liberticidas -bajo máscara fecunda- pero que tienen prodigioso asentimiento y aplauso. Para su desgracia, el acné se cura con la edad como proclamara Bernard Shaw.

Aunque la manifestación contra la LOMCE precisa un análisis específico, pospondré para otra ocasión su tratamiento. Hoy adquiere mayor enjundia la investidura de Rajoy junto a sus peculiaridades, que no son pocas. Rechacé escuchar al candidato porque eran evidentes los temas a exponer con la monótona frialdad de los números. El meollo debería provenir de otras intervenciones, amén de las réplicas en donde cada protagonista exhibe sus dotes debido a la inmediatez y urgencia. El primer Hernando, líder ocasional, esbozó un discurso paralítico, átono, penitente. Rajoy se adaptó a él en una réplica suave, medicinal. La expectación y las cámaras mudaron de plano, de asiento. Atraían los signos, porte y reacciones de un Sánchez todavía engullido por el tsunami mediático. Una pregunta tomaba cuerpo. ¿Esta tarde, se abstendrá, se confiará a un no con eco futuro o renunciará a su acta de diputado? En el último momento ha renunciado al acta. Paga las consecuencias de esa solvencia aparente, hecha a golpe de televisión.

[pull_quote_left]Al nuevo gobierno, que a mí tampoco me gusta, lo avalan ocho millones de votos bastantes de ellos procedentes de la tercera edad que, según Bescansa, es un enorme hándicap para que Iglesias alcance la presidencia.[/pull_quote_left]Sin embargo, y como contestación al margen, el señor Hernando -don Antonio- daba manotazos al PP por la educación, sanidad, “ley mordaza”, reglamentación laboral, etc.; definitivamente, por los recortes y aventado retroceso en conquistas sociales. Bastante más lejos quedaba una presunta restricción de libertades ciudadanas sometidas por el Estado. Rajoy -don Mariano- con talante didáctico enumeró demasiados triunfos, poco ajustados a la realidad, mientras callaba sonoros fracasos. Expuso satisfecho, orondo, la notable disminución del paro, del déficit y de la prima de riesgo. Mentirijillas y cocina aparte, el paro disminuye porque también lo hacen los salarios a la vez que aumentan precariedad y temporalidad. Respecto al déficit, es difícil que case con la deuda final. La prima de riesgo supera los esfuerzos nacionales para depender básicamente del Banco Central Europeo. A cambio, oculta un aumento incontrolado de deuda pública (mientras baja la privada) y el resultado negativo de una balanza comercial animada por salarios míseros, junto a otras minucias macro y microeconómicas. Para qué vamos a hablar de aquellas reformas democráticas, antaño banderín contra el PSOE. Alegrías, las justas.

Folklore y circo vinieron, como no podía ser de otra manera (frase fetiche en política), hermanados con Iglesias, don Pablo. Él fue a hablar de su libro. España y los españoles le importan solo cuando sus votos puedan hacerlo presidente. Nada, antes ni después. Lanzó un mitin a esa feligresía que le sigue ciega, ebria, borreguil, (al resto un sonoro escupitajo). Bien es verdad que no más borreguil que otras manadas de diferentes pastores. Narciso, relumbrón, dado al abalorio gestual -aun doctrinal- dibujó un país de mierda pero se abstuvo, tal vez por inepcia, de ofrecer soluciones viables. El populista puso fin a su arenga prendiendo la siguiente mascletá: “Creo que van a oponer quinientos policías a la manifestación rodea al congreso. Hay aquí más delincuentes potenciales que ahí fuera”. Todo un dechado demócrata.

A consecuencia de una urgencia familiar, apenas pude escuchar a Rivera, don Albert. A posteriori, acopié algo de lo que centraron sus manifestaciones. Creo que desmenuzó una serie de ofertas -también exigencias- para transformar aspectos formales y normativos a fin de vivificar la acción gubernativa haciéndola menos onerosa. Según esto, y pese a los comentarios desabridos, feos, contra PSOE y Ciudadanos (auténticos naderías del debate al decir de la prensa), Rivera hizo un discurso serio, ajustado, de estadista. Interpreto que la gente, hastiada ya, prefiere el espectáculo más divertido e igual de vano. Las frustraciones conforman el mejor sendero para conquistar actitudes insensibles cuando no diabólicas.

Este sábado (son las doce del mediodía) don Mariano será investido presidente. Su apoyo no será el tridente, ni la Triple Alianza, en giro peyorativo de Iglesias quien arrastra un poso antidemocrático. Al nuevo gobierno, que a mí tampoco me gusta, lo avalan ocho millones de votos bastantes de ellos procedentes de la tercera edad que, según Bescansa, es un enorme hándicap para que Iglesias alcance la presidencia. ¿Acaso es una evocación al voto censitario? ¿Perturba hoy el colectivo mayores como ayer lo hiciera el colectivo mujeres? ¿Son estos los patriotas democráticos? Con semejante caterva sobra el giro “del coro al caño” para vincularnos al “apaga y vámonos”.

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