Jesús Málaga

Los dominicos y Unamuno

Desde la Casa Lis, bajando por la cuesta de Carvajal y la cueva de Salamanca, llegamos a los Dominicos. Unamuno frecuentaba el convento y recorría la clausura con los frailes a los que conocía bien y con los que discutía de lo divino y lo humano. Pero sin duda, su amigo del alma fue Juan González Arintero, el padre Arintero. Este fraile era la excepción en la comunidad. Licenciado en ciencias, dedicó su vida a investigar en el mundo de la evolución natural y antropológica y a sus relaciones con la evolución espiritual del hombre. Adelantado a su tiempo, viviendo en una Iglesia retrógrada, Arintero apostó por una modernidad que llegó ya con el Vaticano II, cuando hacía años que había muerto. Revisar los artículos de la revista “La vida sobrenatural” que él fundó, ayuda a comprender mejor los puntos de coincidencia de Arintero y Unamuno. Aunque el dominico muere años antes que don Miguel, en febrero de 1928, el rector pudo disfrutar de la biblioteca del fraile, una de las mejores sobre evolución. Unamuno pedía prestado a Juan González los libros que solo él tenía, y los devoraba para saciar la curiosidad que siempre tuvo sobre la evolución de las especies, especialmente en lo referente al hombre.

En el convento de San Esteban de los padres Dominicos Unamuno se asomaba al brocal del claustro de los Aljibes, en la clausura del convento, y gritaba hacia la oquedad:

– ¡yo!, para que el eco respondiera una y otra vez:

– ¡yo! ¡yo! ¡yo! En respuesta  identificativa y narcisista. Y también en clausura recordamos al Unamuno, que acompañando a los estudiantes de San Esteban se trasladaba en el verano de 1913 a la hospedería del convento de la Peña de Francia. En contacto con la naturaleza compuso su afamado poema dedicado al Cristo de Velázquez. Don Miguel intervenía, como uno más, en la Academia de Santo Tomás e impartía docencia en la facultad de teología dominicana. Todas esas facetas de Unamuno salen a colación cada vez que visito los dominicos.

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