Opinión

Eco…, eco…, eco

 

Hoy me vino a la cabeza aquel tiempo lejano –¡ay!– siendo yo niño, cuando, en los veranos, mis padres me llevaban a su pueblo o me dejaban en el coche de línea. Salía éste de la madrileña calle Mayor, al lado de la embajada de Italia y del lugar del atentado a Alfonso XIII el día de su boda.

 

El viaje duraba algo así como 4 o 5 horas para recorrer los 100 kilómetros, parando en todas partes, con largo descanso en San Martín de Valdeiglesias; siempre que un viajero llegaba a su destino el conductor tenía que subir a la baca para, desde allí, descargar los bultos y maletas.

De la llegada al pueblo mis recuerdos son confusos. ¡Mucho alboroto! ¡Mucha gente esperando a los viajeros! Lo dicho: mucha confusión. Luego, aquel vetusto coche de línea seguía su curso, camino de La Iglesuela.

¡Qué bien se dormía en aquella cama enorme, en aquellos colchones de lana, tan mullidos, con aquel olor a pueblo, a salud, a verano!

¿Qué quedó más grabado en mi mente de aquellos tiempos felices? Hubo muchas cosas: mis primas y primos de mi edad, los juegos, tan diferentes a los que yo estaba habituado, las correrías por los corrales, higos por todas partes… Pero entre todos hay algo que me vuelve de vez en cuando…

Por las cumbres de Gredos (agosto 1965).
Por las cumbres de Gredos (agosto 1965).

Mi tío Santiago era vaquero. Tenía que ir todos los días a la media ladera de aquella sierra de Gredos, a unos prados donde pastaba su ganado, en el lugar llamado «El Castaño». Mi primo Julio iba con él y mis primas Carmen y María les llevaban, al mediodía, la comida caliente en unos pucheros de barro, a lomos de un borrico. Muchas veces aprovechaban para lavar la ropa en aquellas frías y cristalinas aguas de la vertiente sur de Gredos, «espina dorsal de España». De vez en cuando yo las acompañaba, y entre aquellos arroyos y peñascos jugaba a ser «el guerrero del antifaz» o «Jorge y Fernando«, acompañándome en mi imaginación mi querido amigo Felipe.

Pero permitidme que haga un inciso, dedicado a este mi primer amigo, al que conocí con dos añitos. Él tenía uno más. Esa amistad nos hizo inseparables. ¡Sí! ¡Inseparables! La vida nos alejó después, pero sólo físicamente, porque su imagen no se ha ido nunca de mí. ¡Nunca! Hace muchos años que no nos vemos, pero tenemos nuestra voz telefónica. Esa voz que nos devuelve a nuestra querida infancia, cuando yo le leía los tebeos, cuando mi madre nos llevaba al Paraninfo, al Metropolitano, a todas partes… ¡Cuídate, querido amigo!

Bien, pues como iba diciendo, en muchas ocasiones mis primas me llevaban a «El Castaño». Una vez nos cayó una terrible tormenta de verano…, pero eso ya os lo conté…

Pero, ¿por qué fue tan terrible? Por algo que ocurría en aquel lugar, algo que quedó muy dentro de mí, y que puede ser el origen de mi vocación montañera… ¡El eco!

En ningún otro lugar lo sentí con tanta intensidad, con tanta fuerza. ¡Y mira que lo busqué por los Pirineos o los Picos de Europa! Allí, en «El Castaño», gritaba con todas mis fuerzas infantiles y el eco me respondía una y otra vez… ¡Hasta siete…! ¡Sonidos clavados en mi alma, evocadores de los sueños de mi infancia…!

Algunos años después, ya con 20, era yo un gran conocedor de aquellas laderas meridionales de Gredos. ¡No me perdía allí, no! Ya os conté alguna de mis correrías solitarias, como aquella en que encontré un casquillo de bala de fusil, que por su origen mexicano deduje que era de algún «maquis».

Un día subí a mis primos Tere, Vito y Pepita (en realidad, todos eran hijos de primos; es decir, «sobrinos segundos»), a lo alto de la sierra, al Alcarabán y la Gamonosa. La bajada la hicimos por «El Castaño» y les enseñé aquel lugar donde aprendí a amar a la montaña, con el retumbar de aquellos ecos fantásticos que se repetían en la lejanía, cada vez más allá.

Un más allá que aún no ha acabado. Todavía resuenan dentro de mí:

eco…, eco…, eco…..


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2 comentarios

  1. Querido Emiliano,
    Un lunes más, leo tu columna con afecto e interés. Eres capaz de evocar en tus lectores, al menos en mí, recuerdos de infancias de prados, montes y correrías en el campo; de ríos de nieves y de montes de olores que se han quedado para siempre (aún tenemos su «eco», su huella)
    Un fuerte abrazo cariñoso

    David

  2. Una vez más, querido amigo David, me sirves de estímulo para seguir escribiendo. Cómo se me pueden ocurrir tantas cosas es algo que no puedo comprender, pero así es, y me sirve de liberación de las preocupaciones, de las que esta vida está tan llena. Seguiré escribiendo mientras pueda.
    Un abrazo muy fuerte, querido amigo

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