Opinión

Al bolo le partió un rayo

 

He dudado mucho sobre si contaros o no lo que siento desde el 17 de agosto. Dicen en Galicia que las meigas no existen. Pero luego resulta que «haberlas, haylas«.

 

Todo comenzó en la noche del 17 al 18 de julio de 2016.  Tuve un sueño, que os conté en mi ocurrencia titulada «El sueño de los bolos«.

En ella, doce bolos marchaban enhiestos sobre una tabla, flotante en una impetuosa corriente fluvial. Otro venía detrás, a la deriva.

Y sin saber cómo este bolo solitario empujó y sustituyó a la docena, que eran los que ahora iban sin rumbo por las tenebrosas aguas, mientras que él se mantenía firme sobre la madera.

Ese fue mi sueño. Ahora bien, ¿cómo interpretarlo?

¡Doce! ¡Eran doce! ¿Qué vienen de doce en doce? ¡Los meses de un año!

Pasaron los doce. ¿Qué ocurrió durante ese tiempo? ¡Lo de siempre! ¡Nada destacable!

Estaba claro que había que dejar pasar otro mes. Así lo sugerí en mi ocurrencia «El bolo varado«. No formaba parte de mi sueño del 2016, pero figuré al bolo solitario, sobre la tabla, reposando en la orilla del río, ahora calmado.

¡Sí, amigos míos! Sugerí en el último párrafo –¡está escrito y publicado el 23 de julio del 2017!—dejar pasar el mes. Pero ¿cómo contabilizarlo? ¿Hasta el 1 de agosto, o hasta el 17?

¡El 1 de agosto fue tranquilo, pero el 17, justo al cumplirse 13 meses de mi sueño…! ¡¡¡17 de agosto!!!  ¡¡¡PASÓ LO QUE PASÓ!!! ¡¡¡UN DÍA DE LUTO PARA ESPAÑA!!!

No sigo. ¡No se os ocurra pedirme que interprete otro sueño! ¡Ni siquiera me los contéis! ¡Con uno ya tengo bastante…!


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