Opinión

Más sobre fuentes

 

– ¿Y de dónde le viene esa afición a las fuentes?

 

– Mis padres eran de un pueblo de la vertiente sur de la Sierra de Gredos, Casavieja. En el llano, las tierras son de secano, salvo en las orillas del río Tiétar. Pero las estribaciones de la sierra son muy ricas en agua, con numerosos arroyos que no se secan en verano. En uno de ellos aprendí a nadar…

“Siendo casi un niño, mi primo Julio me enseñó algunos trucos, allá en los pinares que tenía que atravesar para llegar a los prados donde pastaban las vacas. Creo que ya lo conté alguna vez. Cuando andando por un camino encontrabas a un lado un tarro de esos que se usaban para recoger la resina, limpio, pero roto, te indicaba que cerca había un manantial. No había más que seguir la senda y lo encontrabas donde había otro tarro entero y limpio. Casi siempre la fuente estaba oculta por la hojarasca. La quitabas, limpiabas el barrillo de abajo y al cabo de unos minutos el agua salía clara y transparente. Otras veces el cuenco roto estaba sobre una valla de piedras. No tenías más que saltarla y te encontrabas ante un manantial.

“Algo parecido aprendí de un sacerdote muy aficionado al campo y los fósiles, Heliodoro Morales. Un día, al principio de los setenta, fuimos a visitar algunos puntos fosilíferos de los escarpes del río Tormes, donde después hicieron el circuito de motocross. Había en la base de un barranquillo un pequeño arenal. Se puso a limpiar la arena y pronto comenzó a aparecer el agua. Excavando más llegó a la roca y al cabo estaba limpia y se podía incluso beber. Él lo sabía porque lo había visto hacer así a unos granjeros de los alrededores. Poco tiempo después en aquel lugar se hizo una fuente con depósito, donde alguien escribió “De los Dos Hermanos”. Iba mucha gente a coger un agua riquísima. Hoy esa fuente ya no existe, enterrada por escombros de construcción… Recuerdo que, muy cerca, el Padre Morales encontró una tortuga fósil, hoy atesorada en la Sala de las Tortugas…

– Pues es una lástima que la hayan enterrado ¡Cómo si no hubiese otros sitios donde desescombrar!…

– ¡Desde luego! Pero lo que siempre quise saber es por qué mana el agua en tal o cual sitio. Estaba claro que el padre Morales sabía que el arenal contenía un pequeño nivel freático que se podía aprovechar igual que cuando se abre un pozo. La habilidad de los que hicieron la fuente fue hacer un depósito con salida, limpiando la arena, en la roca que la surtía.

“Siempre se están aprendiendo cosas nuevas. Durante muchos años hubo algo que me tenía obsesionado. Quería ver las lagunas del Macizo Occidental de Gredos, más concretamente la Laguna del Barco, desde arriba, desde el borde del circo glaciar al que se llegaba subiendo desde el Puerto de Tornavacas, donde nace el valle del río Jerte. Otro día le hablaré de este fantástico arañazo de la Corteza y de la gran falla que lo originó…

“Por fin un día me decidí a hacerlo. Corría el mes de septiembre. Pili y yo dormimos en El Barco de Ávila y al día siguiente, muy temprano, dejamos el coche en el Puerto. Había planificado la subida en el mapa, marchando hacia el sudeste por el límite entre Extremadura y Castilla, hasta llegar al Mojón Alto, desde donde esperaba ver la Laguna del Barco. Pero no conté con algo imprevisto: el viento, que no dejó de soplar en todo el día. Eso, en una jornada en que luce el sol en todo su esplendor resulta demoledor. Nos abrasó. Para colmo, en toda la subida no había ni un sólo árbol.

“El caso es que pasamos mucha sed. Afortunadamente nos encontramos con un pastor, Manuel, que nos acompañó todo el día. Era un personaje muy singular, con su cuerno de vaca que le servía de vaso y cantimplora…. No había salido de aquel paraje en toda su vida. Su rostro y toda su piel estaban renegridos, quemados por el sol. No había ido a la escuela, pero conocía minuciosamente todos los detalles de aquella Sierra. Nos llevó de fuente en fuente, que se encontraban ocultas entre los derrubios de bloques de ladera, bajo los cuales circulaba el agua. No había más que levantar unos cuantos pedruscos en el sitio adecuado y allí estaba, fría como el hielo. ¿Cómo sabía él donde había que hacerlo? ¡Decía que por el sonido, que ni Pili ni yo oíamos! Siempre me he preguntado si sería verdad aquel ruidito, o si es que conocía aquellos puntos desde niño y echaba teatro al asunto…

– ¿Y vieron las famosa cabras montesas?

– Pues sí. ¡Pero si no llega a ser por Manuel ni nos hubiésemos enterado! ¡Allí estaban, en todo lo alto, contemplándonos!

– ¿Y pudieron ver la laguna del Barco desde arriba?

– Yo sí. Pili tuvo que quedarse en la sombra de una gran roca, casi arriba, agotada por la subida…

– ¡Pobrecilla! ¿Y cómo terminó la aventura?

– Completamente exhaustos, pero sobre todo, abrasados por el sol y el viento. Pili tuvo que ir a un dermatólogo y desde entonces usar un protector solar muy intenso… Pero realicé mi viejo sueño de ascender aquellos parajes inhóspitos, más propios de cabras que de humanos…

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