Cultura

El Niño tras la jaula

 

Christian L.G. Estudiante de Psicología y Opositor
Christian L.G. Estudiante de Psicología y Opositor

Siempre se me podrá achacar que soy critico con las nuevas tecnologías, con su efecto deshumanizador para con el propio ser humano y con la distancia que pone entre personas que se encuentran a diez centímetros de un beso, pero esta semana me gustaría compartir con ustedes la mágica paradoja de que tu propio teléfono te dé una lección de humanidad.

Era una tarde como tantas otras que no quiero tener más en mi vida, cuando me salto a los ojos en mi teléfono un artículo sobre la escultura bajo este interesante encabezado:

“La escultura no consiste en el simple labrado de la forma de una cosa, sino el labrado de su efecto.”

¿Qué quieren que les diga? Cuando la cabeza no quiere pensar cualquier “vuelo de mosca” es bienvenido.

El artículo en sí versaba sobre el impacto de la escultura en la mente humana y sobre una obra en particular. “Amor” es el nombre que Alexander Milov eligió para fascinación hecha materia que muestra a dos adultos hechos de alambre dándose la espalda mientras sus niños interiores tratan de alcanzarse desde su interior.

He de admitir, que llevo días sin sacarme la imagen de la cabeza porque pocas veces una escultura me ha dejado tan roto por el significado como por la belleza de lo estúpidamente real…

Setenta y dos horas después sigo reflexionando en la simbología de dos personas que comparten una conexión especial y única, en las ínfimas posibilidades que hay en el mundo de compartir algo así, de encontrarse y en lo irónico que es, que siendo adultos prefiramos darnos la espalda antes que dejar que la felicidad de nuestros niños interiores nos lleve a la perfección de nuestros adultos exteriores.

La vida, siempre me dijeron, ha de verse con los ojos de un niño ilusionado que sonríe al verlo todo por primera vez y es irónico que, cuanto más crecemos en la vida menos veamos la vida misma. Para mí, y esto es una mera reflexión que quizás ustedes no compartan, pero la escultura me gritó a los ojos la palabra “Basta”.

Sé que es un acto inconsciente, pero me revuelvo y no es lógico que cuanto mayor somos más nos convirtamos en una jaula de metal que aprisiona a base de problemas, toda la inocencia y la pureza que teníamos de niño. No es justo que nos convirtamos en una jaula de metal empeñada en querer llevar la razón a toda costa y a costa de las personas que tenemos al lado, cuando desde nuestro interior hay algo que brilla en medio de la oscuridad y el resentimiento.

Sé que es una reflexión tirada al aire y de fácil aceptación, pero me gustaría que ustedes recogiesen el guante, que busquen la escultura y que piensen en lo que les diría ese niño harto de estar encerrado cuando viese que el mundo se ha convertido en un desfile de personas que cargadas de falsas razones o no se empeñan en darse la espalda en lugar de darse la mano.

Sé que no los conozco personalmente, pero me gustaría darles el consejo que a mí me dio esta semana la mujer más increíble del mundo “A veces hay que dejar el resentimiento y el dolor atrás para avanzar, porque la persona que necesitas para ser feliz puede estar necesitándote más a ti”

Hasta que nos volvamos a leer, simplemente, piensen menos y sientan más.

Por: Christian López Guillén


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