Opinión

Memoria y dolor (II) Cementerio de Argusino

 

El 17 de septiembre de 1967 el pueblo de Argusino (Zamora) quedó anegado en las aguas del pantano de La Almendra. Cincuenta años después Belén Rodríguez y Manuel Martín, técnicos de cultura contratados por la Asociación Argusino Vive, me invitaron a participar  en la conmemoración de esta fecha, dedicada a la memoria y el reencuentro de las familias migradas

A diferencia de otras poblaciones que sufrieron la misma suerte, las familias de Argusino no tuvieron destino dónde ir todos juntos, ya que para ellos no se construyó ningún pueblo donde poder asentarse, como sí se hizo en otras partes de España.

En lugar de darles un hogar alternativo, se indemnizó a cada familia con 30.000 pesetas para iniciar una nueva vida allí donde el camino los llevase. Algunas se instalaron en Villar de Buey y Salce, seguramente por cercanía o arraigo familiar, otras se dispersaron por España e incluso por el extranjero.

Fue condición obligada para cobrar las 30.000 pesetas, que cada familia derribase sus propiedades. Comenzaron el éxodo las mujeres y los niños; los hombres se quedaron atrás derribando el pueblo, así lo testimonian las cartas que estos enviaban a sus familiares mientras Argusino desaparecía piedra a piedra.

Fueron días sin piedad y con prisas desmedidas que no permitieron exhumar los cuerpos del campo santo. Se vertió cemento sobre las sepulturas para evitar que los restos pudieran salir a flote una vez sumergido el pueblo en las aguas del  pantano.

Mil historias se recordaron el fin de semana del 12 de agosto de 2017. Tres generaciones de argusinejos se dieron cita para compartir la memoria viva de un pueblo unido en el dolor, que ha sabido mirar hacia delante sin olvidar sus raíces.

A lo largo del día se sucedieron actividades colectivas para promover la convivencia y la unión. Al final de la tarde, el momento más esperado, todos unidos fueron dejando ramos de flores en la orilla del pantano, con la mirada perdida en el horizonte.

Hoy los argusinejos siguen reivindicando el derecho a poder exhumar y trasladar los restos enterrados a un cementerio en el que dejar flores sobre una lápida, como hacemos la mayoría de los mortales.

Para mí ha sido uno de los momentos fotográficos más emotivos que he vivido, el archivo guardado es extenso, pues fueron tan intensas las horas como las emociones.

Gracias a Belén, Manolo y Rocío por compartir algo tan especial.

El Blog de Pablo de la Peña, aquí.

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