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Opinión

¡Pobres sanitarios nuestros!

Pensé que, tras el enorme y agotador trabajo del personal sanitario, en este tiempo de extravagantes bulos telemáticos antivacunas, a la gente le había dado por acercarse al edificio de Sanidad para darle el aguinaldo a quienes se merecieron mucho más que aquellas inocuas palmadas, que solo sirvieron para desfogar un tiempo horroroso de cárcel casera.

Oye tú, que la cola circunvalaba varios edificios, de manera tan llamativa que dimos la nota incluso en los telediarios nacionales.

Seguro que quienes derrocharon tanta paciencia en la calle querían saber si el bicho podía pifiar cenas y reuniones familiares o, en otros casos, puede ser que el éxito de la convocatoria fuese el mismo que expande todo lo que es gratis. Tal congregación de personas me recordó aquella añorada expectativa taquillera ante el mítico concierto de los Rolling Stones en el estadio Vicente Calderón, durante aquel extraordinario e inolvidable 1982.

Contemplando las colas -ya digo- interminables, se me vinieron a la cabeza las alabanzas y todo el cacareo político de pura casquería que reconoció (solo palabras) a quienes se han dejado la piel y en muchos casos la vida como profesionales sanitarios en pro de la salud ajena.

Y mientras tanto, ante el apagón general del balconeo rumboso de aplausos, la sanidad pública, es decir la de todos, ha sido rejoneada en el ruedo de las miserias por la chusma política más incompetente, que juega como si tal cosa con las estructuras de lo común.

Por todo esto, recrea mi mente de forma continua a los vecinos de Aliste o a los de tantos y tantos lugares de la España que, más que vaciada, ha sido expoliada por quienes llevan marcado en el ADN de sus chorradas el imprescindible valor del voto que protege sus intereses. Habitantes del desamparo que ven cómo, en la peor edad de la vida, han de jugar a la ruleta de la fortuna frente a todo ese conglomerado de insensateces que toman forma en toneladas de abandono. Pueblos donde a veces no existe ni un solo coche para trasladar a quien enferma ya de un cansancio patológico, que ni fuerzas deja para lanzar ese grito que arañe la tranquilidad de tantos protocolos agotadores.

Pero a esta tumoración social de fondo no son ajenos los médicos rurales, que sienten la soga de la responsabilidad al cuello, mientras un lastre de impotencia les sume en los desagües de la podredumbre administrativa sanitaria, que debería exigirnos nuestra implicación rotunda y sin reservas.

Pero si pasamos de ese escalón primario y de cercanía, donde médicos y enfermeras son parte esencial para nuestros pueblos, nos encontramos con las listas de espera desbordadas, mientras la hernia o el huesudo dolor nos recome. Y por si faltaba música en el carnaval sanitario provinciano va extendiéndose una especie de terror silencioso ante ese hospital que chirría en los engranajes de tal forma, que, siendo tan nuevo, da la impresión de que fue clonado del manantial de las viejas y lamentables usanzas.

El problema es que, siendo dueños del invento, hemos dejado en manos de genuinos tracaleros algo tan importante como la sanidad pública. Nos hemos quedado en los aplausos del recuerdo, cuando los profesionales de la sanidad nos piden, como empresarios que somos, vía impuesto de la barraca, que exijamos cuentas a quienes la siguen pifiando en el momio estructural de los despachos.

Lo peor es que nuestro cabreo monumental sanitario fija su atención en quienes velan por nuestra salud en forma de incompresible violencia, cuando los culpables del desconcierto, en un práctico anonimato, mueven la batuta para que sigamos cantando en la coral de nuestras desgracias.

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Un comentario

  1. Mirar entre que en este país solo parece que son los sanitarios los más sacrificados, la hostelería y la casta política, pero el resto de sectores esenciales ni me acuerdo. Iros a mamarla y hablar de los sanitarios que no cumplen que hay muchos , con reuniones en casas de amigos o visitándolos contagiados venga ya a aplaudir a vuestra casta.

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