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Opinión

Cuaresma liminar

Decían los mayores que la Cuaresma, antaño, se hacía eterna. No en vano, cuando lo era de verdad, los cuarenta días que transcurren entre el Miércoles de Ceniza y el Domingo de Ramos eran de penitencia rigurosa. Nada de carne, ayunos de todo tipo, oración y mortificación voluntaria. Menos mal que la bula llegó a España y por una módica limosna se reducía la abstinencia a los viernes, que quedaron para el potaje.

Por la charrería, la cuaresma comenzaba con el rito de quemar la gargantilla de san Blas en el día de la ceniza. Si se colocaba al cuello con convicción y rezaban las jaculatorias, quedaba garantizada la salud de la garganta.Todavía hay quien mantiene la devoción, o al menos la tradición, como Paco Blanco, que todos los años hace proselitismo en su favor.

Cuaresmera 2018, de Andrés Alén.

Otra tradición, que estaba en vías de extinción, era la de la cuaresmera, esa vieja desaliñada que, con siete piernas y una cesta repleta de alimentos permitidos, servía de calendario popular para llevar la cuenta del periodo de abstinencia. Cada domingo se le arrancaba una pata y al llegar la pascua, con la última amputación, se daba por clausurado el tiempo de las privaciones. Desde hace siete años, el Museo del Comercio de Salamanca la ha recuperado. Como en las tiendas de ultramarinos era habitual, Miguel García Figuerola, el director, tuvo la feliz idea de encargar la cuaresmera a un artista salmantino.

Este año el encargado de diseñarla ha sido Tomás Hijo, uno de los creadores salmantinos más completos, conocido sobre todo por sus ilustraciones para libros de literatura fantástica, muchos de ellos escritos por él mismo. Antes la realizaron otros, entre los que me quedo, por su originalidad y buen gusto, con las de Andrés Alén y Bárbara Bejarano.

La Cuaresmera de 2021.

A la entrega de la cuaresmera le siguió un intento de organizar un potaje en la hundida plazoleta que da acceso al museo. No tuvo continuidad por la pandemia, pero sería bueno que sus promotores retomasen la idea. Entre ellos estaba el animoso José Luis Pérez, Pepelu, que reparte su tiempo entre la Hermandad del Perdón y los cabezudos. La asociación de vecinos y el propio museo contribuyeron también a potenciar el plato estrella de la cuaresma.

Las tradiciones asociadas al inicio cuaresmal están en nuestra ciudad, por lo que se ve, un poco deslavazadas. Unas a medio extinguir, otras a medio recuperar, las demás en intentos, que no terminan de consolidar, como el entierro de la sardina que promovió hace ya mil años la hostelería del barrio de Labradores, unida a un carnaval esplendoroso que quedó en flor de un día. Las sardinas han quedado relegadas a la iniciativa de algún hostelero nostálgico que no se resigna a perder la costumbre, como Santi el del Pucherito, que las compra por quintales y regala en el día de la ceniza a sus clientes.

Menos mal que por lo menos la procesión claustral del Cristo de la Buena Muerte, en los Dominicos, sigue siendo la referencia devocional del Miércoles de Ceniza. No falla ningún año y mantiene un poco el tipo de las tradiciones salmantinas vinculadas al inicio de la cuaresma.

La Cuaresmera de 2022, de Tomás Hijo.

 

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