El relato mata al dato, sin más. En el ecosistema de la política actual, aferrarse a un dato es como intentar ganar una carrera de Fórmula 1 montado en un Seat 600. Es algo noble, con mérito y quizá algo heroico, pero te van a adelantar por la derecha (y por la izquierda) antes de que termines de explicar el primer decimal.
Seamos sinceros, el dato es aburrido. El dato es como ese cuñao que te habla de la inflación acumulada y de la desviación típica del PIB. Nadie quiere escucharlo. Lo que la gente quiere, y lo que realmente moviliza el voto y enciende las redes, es un buen relato. ¿A quién le motiva la fría realidad cuando puede tener una épica novela donde hay héroes, villanos y una conspiración perfectamente ajustada a la medida de nuestros prejuicios?
En política, dominar el dato es un ejercicio duro que implica incluso algo de masoquismo. Se necesita rigor, fuentes contrastadas, matices y un conocimiento profundo de lo que se habla. Pero el relato es pura magia. El relato no necesita ser cierto, solo necesita ser verosímil y, sobre todo, tiene que tener la capacidad de indignar. Si el desempleo baja y la afiliación a la Seguridad Social sube, pero tú logras convencer a la gente de que estamos viviendo un apocalipsis laboral mediante una historia bien dramatizada, has ganado. El dato dirá que hay un millón de empleos más, pero tu relato dice que «la calle sufre». Y, como todos sabemos, la «calle» siempre tiene más razón que los datos oficiales.
El que controla el relato controla la percepción, y en estos tiempos, la percepción es la única realidad que cotiza en bolsa. Si logras que tu votante sienta que es el protagonista de una resistencia heroica contra un enemigo invisible (o no), puedes permitirte el lujo de ignorar cualquier estadística sobre sanidad, educación o economía. Al fin y al cabo, nadie ha salido nunca a la calle a quemar contenedores porque el coeficiente de Gini haya subido dos centésimas, pero la gente está dispuesta a todo por una bandera o un eslogan de tres palabras.
Y de relatos sabe mucho la derecha española. A mí a veces me asombra como tienen la capacidad de mirar a un gráfico ascendente y decir, con la cara más seria del mundo y totalmente indignados, que estamos cayendo al abismo. No mienten, sino que nos ofrecen una visión ‘alternativa’ de la cuestión. Si los números no cuadran con su narrativa, el problema no es su discurso, el problema son los números, que claramente han sido debidamente cocinados por las sanchistas fuerzas del mal.
Por supuesto que no estoy definiendo al votante como un descerebrado (en algunos casos si…), sino que el mecanismo mental que todos tenemos nos hace abrazar los planteamientos sencillos y ya masticados, que nos harán pensar mucho menos y seguir con nuestra apacible vida.
Y si te dedicas a la política y eres un político de ‘dato’, al final del día estarás solo en tu despacho, rodeado de gráficas y planteamientos que nadie entiende o quiere entender, mientras que el político de ‘relato’ estará recibiendo aplausos y vendiendo una realidad que no existe pero que queda de maravilla en un titular de tres palabras: Sujeto, verbo y predicado…
Porque en este gran teatro, la mayor parte del público siempre preferirá un buen guion antes que una aburrida verdad. Al fin y al cabo, ¿A quién le importa la verdad cuando tiene un relato que le hace sentir que tiene razón y le explica de manera sencilla el mundo que le rodea?





















1 comentario en «Sujeto, verbo y predicado…»
Habría que encontrar una forma de que esto trascendiera de unos pocos y se convirtiera en algo que pudiera servir para eso que llevamos hablando algún tiempo