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Opinión

Remembranzas del 23 de abril

«…la responsabilidad de nuestra ordenación institucional alcanza calificativos de histórica (esperamos que quienes participen en este reto desde la gestión política sepan estar a la altura), pero somos también conscientes de que, sin una participación constructiva y crítica de nuestra sociedad, su intervención puede verse abocada a situaciones intolerables o a la esterilidad”.

Manifiesto en defensa de Castilla y León, abril 1983 de Miguel Delibes, Francisco Umbral, Jesús Torbado, Antonio Tovar, Vela Zanetti, Peridis y hasta 200 intelectuales

Los primeros años de reivindicación de la autonomía en la campa de Villalar, en forma de concentración popular, durante los años 1976 a 1980, tuvieron un marcado carácter subversivo, aprovechando la efeméride para reivindicar la memoria de los comuneros y expresar las ansias de libertad, fundamentalmente por grupos de izquierda, y así siguió sucediendo durante algunos años más.

La institucionalización de la fiesta en 1986 y la victoria de José María Aznar en las elecciones autonómicas de 1987 desmontaron el carácter “subversivo”, que se perdió definitivamente a partir del momento en el que los dos partidos mayoritarios cogieron miedo a que la celebración y el carácter reivindicativo que la acompañaba desde hacía una década se les fuera de las manos. Para ello se desconvocaron las actividades en la campa de Villalar e, inicialmente, se sustituyó por otra celebración institucional con carácter itinerante por Castilla y León que, posteriormente, se trasladó definitivamente a Valladolid, aunque cada año sigan colocando una corona en el monolito de Villalar para cubrir las apariencias.

En la actualidad la celebración no tiene ningún carácter popular. De hecho, muchos de aquellos grupos “alborotadores” ya no existen como tales y la mayoría de sus miembros tampoco han vuelto ni siquiera a título particular. Desde hace tiempo no queda ninguna reivindicación del espíritu comunero, a la campa se acerca poca gente y la que lo hace es más con espíritu festivo, a comer la tortilla y a pasar el día al campo, sin ningún aire reivindicativo.

La desmovilización que se ha promovido al respecto por los partidos mayoritarios en Castilla y León ha tenido como consecuencia directa que una parte importante de los castellanos y leoneses no se identifiquen con la autonomía y que, para ellos, venga a ser solo una entidad administrativa más, que ha sustituido el centralismo de Madrid por el de Valladolid, lugar donde se cuecen las decisiones importantes.

Que la práctica totalidad de las instituciones autonómicas se hayan ubicado en Valladolid y que una parte importante de los recursos públicos y privados terminen beneficiando a Valladolid, lo que le ha permitido crecer mucho más que otras ciudades, ha generado un sentimiento de agravio comparativo y victimismo, especialmente en Burgos, León y Salamanca, pero no solo. Ello ha sido como un bumerang que se ha vuelto contra la propia ciudad del Pisuerga ya que hasta ahora no ha conseguido que se considere de iure la capital de Castilla y León, aunque de facto lo sea. Claro que, posiblemente, piensen aquello de “ande yo caliente y ríase la gente” que expreso tan bien Luis de Góngora.

Por eso (y por otras muchas cosas) es posible que una parte importante de castellanos y leoneses no sientan gran aprecio por una autonomía, que no solo no sienten como suya, sino que no se sienten representados en ella, y pueden fácilmente ser presa de partidos que proponen la recentralización del estado. Es lo que tiene que ya no se oiga en Villalar y en el resto de Castilla y León aquello de “castilla entera se siente comunera”. Con el curso que han tenido los acontecimientos ya no solo no se siente comunera sino quizás tampoco una autonomía útil, consolidada y con la que identificarse.

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Un comentario

  1. ¡Qué razón tienes, Miguel! Y para colmo tenemos a la zorra (VOX) en el gobierno de este gallinero.

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