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Opinión

Las invasiones bárbaras

Las invasiones bárbaras (Les invasions barbares) una película de Denys Arcaud, Oscar a la mejor película extranjera del año 2004, documenta la decadencia y el deterioro del sistema sanitario público en Estados Unidos y Canadá, y expone la cruda realidad de como funciona la lógica de la mercantilización de la salud, sustituyendo la propuesta de un sistema público gratuito y universal, convirtiendo el “todo para todos” cuando lo necesitan, en un “para quienes puedan pagarlo”.

Desde el punto de vista colectivo se utiliza la asistencia sanitaria como un área de negocio que sustituye los resultados en salud por los beneficios mercantilistas de su comercialización y, desde el punto de vista individual, al definir la atención de la salud como un bien privado, se impide el acceso equitativo de las personas a la asistencia sanitaria, destruyendo el derecho a la protección de la salud y ello afecta, no solo a las clases trabajadoras, sino también a las medias (el paciente alrededor de quien gira la trama de la película es un profesor universitario), que en la España actual podría representar a quienes creen ser clase media, a quienes se sienten a salvo porque siendo jóvenes o estando sanos pueden pagarse un póliza de 50 euros que, en realidad, cuando necesitan hacer uso de ella, por enfermedades o por envejecimiento, no cubre nada importante y las aseguradoras no le renuevan la póliza y le invitan a acudir a la sanidad pública. Los ciudadanos no son conscientes que a la sanidad pública le interesa tu salud, a la privada tu dinero.

Esta trasformación lenta y progresiva del sistema sanitario ha tomado velocidad en los últimos años en España, con el buque insignia de Madrid a la cabeza de la flota privatizadora, a la vez que se niega tanto el objetivo final como el propio proceso de privatización, y este es el engaño con el que se evita una explosión social ante las listas de espera, el cierre de Servicios de Urgencias de Atención Primaria (SUAP), de Centros de Salud, la saturación de las urgencias hospitalarias y, en numerosos casos, el empeoramiento de la calidad asistencial sustituyendo las competencias del médico por enfermería bajo la disculpa de que no hay médicos ni enfermeras. Todo esto no son estimaciones del futuro, todo esto está sucediendo ya, pero solo lo perciben quienes necesitan hacer uso del sistema sanitario.

Un sistema sanitario público no puede cambiarse de forma radical, en un corto periodo de tiempo: habría una explosión social. La deslegitimación del sistema tiene lugar utilizando simultáneamente distintos procedimientos: asfixia económica, infiltración comercial de sus estructuras organizativas impulsando la penetración de estructuras comerciales (bajo el eufemismo de la colaboración público-privada) especialmente en hospitales, abandono de sus profesionales y todo ello bajo el paraguas de una gestión política y económica que alardea que es la única posibilidad de gestión, unos anzuelos en los que hemos picado desde hace muchos años los profesionales y que, ahora, tratan de vender a los ciudadanos, haciendo recaer la responsabilidad sobre el personal sanitario, afirmando que no existen médicos ni enfermeras, que ¡existen y altamente cualificados!, que son despedidos y se ven obligados a emigrar a otros países europeos donde se les trata y se les paga mucho mejor, países también capitalistas pero cuyos sistemas sanitarios no son esquilmados por “grupos buitre” como sucede en España.

Al final, la razón última que se esgrime es que el deterioro del sistema sanitario es culpa de pacientes y profesionales, los primeros por usarlo en demasía y los segundos por abandonarlo. Los políticos y gestores no han tenido culpa, ellos dicen que estaban tratando de salvarlo.

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