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Opinión

Pasó haciendo el bien

En memoria de Antonio Romo

El padre Romo fue uno de esos curas admirados y queridos por todos, básicamente porque se centró en su vocación, cumpliendo el mandato evangélico de hacer el bien. No era necesario nada más, a diferencia de otros ordenados mediáticos que, como Ángel García, muestran en cuanto pueden sus querencias ideológicas. Entre el rojo intenso y morado en este caso. La labor social de la Iglesia, tenía entendido, debería quedar al margen de estos ruidos, que la época del padre Llanos y los curas obreros prescribió hace tiempo en su justificación histórica.

Nuestro querido y recordado Antonio Romo Pedraz, fallecido apenas hace dos semanas, desgastó su vida entregándose a quienes la sociedad dejaba al margen y la providencia colocaba en su camino. A diferencia del tal padre Ángel, no se desenvolvía tan bien en los despachos. Las estancias y actos institucionales le causaban incomodidad cuando no tenía más remedio que hacer acto de presencia en ellos.

Su sitio estaba en Puente Ladrillo, resolviendo los problemas de la gente del barrio, o en el hospital, apretando con afecto sincero la mano de los agonizantes, llevándoles el último consuelo antes de emprender el viaje definitivo. Sus acciones más conocidas las encauzó a partir de la Asociación Puente Vida, que sirvió de plataforma para el popular ropero y las iniciativas vinculadas al campo: la escuela de pastores, la elaboración de los quesos Mil caminos y el cultivo de las huertas. Con estas propuestas intentó dar una salida a los inmigrantes que las instituciones dejaban tirados en la calle, sin papeles, obligándoles a delinquir de no cruzarse en su vida personas como él. Por muy complejo y espinoso que resulte el asunto, que lo es, el problema existe y requiere soluciones. Y sin discursos ni demagogias, el padre Romo hizo lo que tenía que hacer, actuar.

De él se cuentan infinidad de anécdotas que agigantan su aparente pequeñez, como llevar el jersey agujereado porque los que le regalaban iban directos al ropero. Personalmente me quedo con dos momentos. Primero su pregón de la Semana Santa en 2003. No fue largo, pero pocos con tanta sencillez, hondura y humanidad. Para el recuerdo quedó ese instante intenso en el que calló y unos gitanillos de Puente Ladrillo, con voz desgarrada, cantaron La Saeta. Decía tanto este gesto… El otro fue en una conferencia. Acaba de recibir la medalla de oro de Salamanca y le presentó Domingo Martín Vicente, compañero en el seminario. Tras unas palabras acordes con la importancia del ponente, al tomar este la palabra comenzó disculpándose porque llegaba corriendo desde la huerta, sin apenas arreglarse. Había estado recogiendo ajos.

Al verle, al comenzar a escucharle, se tenía la impresión de estar ante un pobre hombre. Pero esta sensación duraba poco. Enseguida asomaba el verdadero Antonio Romo, la persona entregada a los demás que hablaba con autenticidad, sencillez, profundidad y la autoridad nacida del ejemplo. Era, ante todo, un hombre que transmitía paz, quizás lo más cercano a aquello que en la tradición de la Iglesia se ha entendido siempre como santidad. Por eso su presencia perdura en la obra que dejó y el recuerdo de su testimonio.

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