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Opinión

Luis Cortés y el paraíso perdido de la infancia… Fermoselle

Recientemente se ha celebrado un homenaje a Luis Cortés en el pueblo donde pasó su infancia. Sobre ese pueblo y esa infancia, pero ya desde una edad madura escribió un libro. Donde Sayago termina …Fermoselle, que he releído con este motivo y me he sorprendido a mi misma emocionándome profundamente con algunos de sus relatos.

He comprendido también dónde tenían su fuente remota, cualidades que yo vislumbré en él, sus valores como ser humano, a veces velados por la exuberancia de su personalidad, al menos la que desarrolló en la madurez de su vida cuando yo lo conocí.

Homenaje a Luis Cortés, en Fermoselle.

Es un libro de gran riqueza literaria, etnográfica, costumbrista, geográfica como quedó señalado en el homenaje por las personas cualificadas que participaron en él. También señalaron sus múltiples facetas: académica, intelectual, etc. E incluso, valoraron lo que para él creo, solo eran aficiones.

Eché de menos oír hablar de la persona humana que discurre por todas las páginas, los valores que trasluce en cada relato. Sin darle importancia, sin pretender marcar camino a nadie, prestándonos, aunque estaba ya en el otro lado del camino, la mirada sencilla y limpia de un niño que asimiló como una esponja todo lo que hubo de bueno a su alrededor y que intentó con mayor o menor fortuna llenar con ello la maleta con la que caminar por la vida.

No todo el mundo tiene o conserva la fortaleza interior, la seguridad en sí mismo que permite ser tan generoso con los demás, sean estos fuertes o estén en situaciones de debilidad o penuria. Porque para cada personaje, de los muchos que aparecen en el libro, hay palabras bellas y buenas palabras. Tenían un valor u otro, aprendió esto o aquello, hay algo que agradecer, hay alguna comprensión que ofrecer, un buen deseo que regalar, unos adjetivos salvadores con los que adornar.

El primero de todos, por supuesto, su abuelo Leocadio. Conocemos bien a este hombre a través del libro, desde su apariencia física, sus ojos azules, su aspecto pulcro, hombre con principios éticos, firmes, pero no rígidos, capaz de divertirse con su nieto de mil maneras a la vez que lo libra de situaciones “excesivas”. Por ejemplo, saliendo y entrando ambos por las tres puertas de la Iglesia para “estar y no estar” durante las inflamadas y amenazadoras prédicas de los clérigos que visitaban el pueblo tal como lo cuenta tan divertido en el capítulo llamado: “La misión”.

Homenaje a Luis Cortés, en Fermoselle.

Hombre lírico, su abuelo, después de disfrutar el niño y conocer todos los preparativos y costumbres relacionadas con las fiestas de verano que tanta alegría y novedad traían al pueblo, cuando llegaba la hora de “la sangre” en la plaza, ellos se iban, nieto y abuelo, a dormir al campo esa noche, a escuchar y aprender de cantos de pájaros y a disfrutar de su mutua compañía hasta el día siguiente. Sin juicio y con respeto al pueblo por la importancia que tenía la fiesta de los toros, pero con distancia.

Más sorprende como usa Luis su arma, las palabras, para salvar a personas que otros temen, desprecian o ignoran como “La muda” cuya casa, situada en un paraje llamado La Cicutina, describe con ternura usando palabras como estas: colgada sobre el rio, troglodita con huertecillo reducido, pero lindamente cuidado que vive ajena al pueblo pero que socorre a caminantes perdidos en la ventisca. Mujer de la que se dice es brava, excelente nadadora en invierno y verano, de parco vivir, a ella (de la que dice sería interesante conocer sus vericuetos mentales) le dedica este bello deseo: “Espero que tal mujer, huraña y montaraz gozará de una Cicutina celestial, bien merecida durante su vida retirada y sufrida”.

Otro personaje de esos a los que el mundo escupe fuera de su órbita y del que habla es Abel. Un niño que nació cuando y donde no debía, objeto de una injusticia mayúscula por parte de su hermano que se tenía por único heredero hasta el nacimiento de este infeliz al que encierra y destruye hasta convertirlo en imbécil o quizá lo fuera.

¡Pero, cuidado! Abel había recompuesto un viejo violín encontrado en el trastero donde vivió encerrado hasta que lo dieron por incapaz legal. Pero era capaz de sacar de él, del violín, según nos cuenta Luis, “una música salvaje que los niños percibían como el pasar de las nubes o el volar de los vencejos… a veces era como la serenidad de la noche de pronto interrumpida por un acorde brutal en que cantaba un gallo”. A Abel lo salva con la música. Le devuelve la dignidad a su persona igual que a La Muda. No es la compasión desde la superioridad, es el respeto y valoración hacia todos los seres humanos y yo diría que hacia todos los seres vivos.

También para Abel tiene un deseo: Nos muestra la imagen del hermano solo y viejo, muerta de joven su única hija, contando cada noche las monedas con inquietud febril y abrasadora. “Para cuando muera (el hermano) Satanás tiene guardada su más estruendosa y diablesca carcajada”.

Esta carcajada del diablo es el regalo para Abel, la justicia del más allá pues otra no parece posible.

Homenaje a Luis Cortés, en Fermoselle.

Hay otros dos personajes en el libro que pone en relación en dos capítulos distintos. Se trata de José María Petaco y Roberto Valero con Gudelia, su mujer que no su esposa. Ambos vivieron fuera de España de donde trajeron muchos libros, el primero de Brasil y el segundo de Francia “de donde también trajo un galgo ruso de blancas lanas”.

En el capítulo donde cuenta la historia de Roberto Valero y el triste final de su hija Roselia, tenida con Gudelia sin estar casados para escándalo del párroco, me atrevo a sugerir que Luis Cortés tan aficionado al cine, hace un cameo, como se dice ahora y como hacían tantos cineastas en sus películas. Aparece allí traduciendo libros del francés junto con Roberto para que los entendiera José María Petaco, aparece digo, disfrazado bajo en nombre de su padre, también llamado Luis Cortés, vista de Aduanas que era el trabajo real de su padre pero no el de traducir libros del francés, lengua que su padre sin duda no conocía. Un guiño magnífico que vale más, para mí, porque está inmerso en la historia de dos personas Ilustradas en el sentido amplio, contestatarias cada una a su manera, castigados también cada cual de una forma por mantener su libertad y sus ideas, perdedores para la sociedad del momento, pero no para él porque también a estos los salva y los acoge.

Cuando Roberto muere, Gudelia, su mujer, que no su esposa, tiene que vender todos los libros y cuadros para ir viviendo “y en el jardín, se marchitaron para siempre adelfas y azucenas”.

“Cuando se murió José María Petaco, nadie quiso cargar con él. El Calandón prestó su carro y detrás solo iban La Gudelia y D. Leocadio, el boticario”. Su abuelo.

Lo enterraron sin cruz y sin leyenda. Para él también tiene un deseo: “Si algún día vuelvo a Fermoselle, prometo visitar su tumba. Por ahora, tengo el consuelo de saber que de mañana van los pájaros a cantar sobre aquel montoncito de tierra rodeado de malvas y campánulas”.

Hay muchas más personas en el libro con los que despliega su empatía y les regala sus palabras salvadoras: cubanos de ida y vuelta con una mano delante y otra detrás a los que ensalza y agradece que traigan costumbres de allá, músicas y alegría, ideas renovadoras y proyectos sin fin.

Homenaje a Luis Cortés, en Fermoselle.

Y sobre todo y por encima de todo su propio y querido abuelo D. Leocadio que muere sin riquezas, con las facturas sin pagar de la gente sin recursos amontonadas sobre la mesa de la botica, sujetas con esas piedras de cuarzo cristalizado que encontraba en el campo con su nieto y de las que todavía alguna ronda por mi casa. En contraposición a los que en la ventana de su negocio declaraban con claridad meridiana: No se fía.

Hay otra parte de los personajes del libro que requeriría otro espacio igual y que trataría de como ama y ensalza el trabajo bien hecho, la belleza sencilla, la musicalidad de sus oficios. Con qué generosidad ensalza los méritos de todos ellos. Esa ausencia de envidia propia de las personas que beben de su propia agua, de su fortaleza interior. Un agua que recogió allí en su infancia y que seguramente le sirvió también para sortear la maldición de Casandra.

Hay muchas cosas divertidas, cantarinas, lúdicas. Hay tanto amor, ternura, respeto. Hay tanta inteligencia que, a pesar de no ser muy extenso, el libro resulta inagotable. Ahora, gracias a los que han organizado este homenaje en Fermoselle, lo he rescatado de la estantería y disfrutado.

Siento pena de que mis hijos, no tuvieran la ocasión de conocer apenas a su abuelo.

Por. Concha Ledesma Martín

 

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