Opinión

Un paseo por el Tormes

 

Escribía Carmen Martín Gaite, escritora salmantina no suficientemente reconocida en su tierra, que siempre estaba el río de Salamanca en su recuerdo. “No estaba bien visto entonces que una jovencita de buena familia se fuera sola con sus amigotes a remar al río, pero recuerdo aquellos paseos acompasados por el chapoteo del remo como lo más alegre de mi vida”

 

Estos días de febrero, con temperaturas agradables, es mucha la gente que elige las orillas del Tormes para pasear durante las horas soleadas del mediodía o las primeras horas de la tarde, antes de que el sol caiga. Yo, frecuentemente, soy uno de ellos.

Las orillas del río se van transformando poco a poco en el pulmón de Salamanca; paseos y parques invitan a su disfrute y somos muchos los salmantinos que las usamos gozosamente, desde la Aldehuela hasta Tejares. Sin embargo, una cosa son las orillas y otra es el propio río. Desde hace mucho tiempo bancales de arena, sobre los que asientan juncos y arbustos, le van comiendo el lecho. Lejos queda ya aquel rio Tormes, ancho y cristalino en el que se miraban limpiamente la cara puentes y catedrales y que constituía la primera imagen de la ciudad para los que llegaban a ella por la carretera de Madrid. Me refiero justo al tramo donde “el rio Tormes ha protagonizado la escena más importante de su trayecto, reflejar en sus aguas la ciudad de Salamanca, altiva y majestuosa” en palabras de Carmen Martín Gaite.

Tan lejano como sus recuerdos y los míos queda ya aquel río que, a su paso por la aceña del Picón, llamada pesquera por otros, servía para los baños y el solaz de la chiquillería. Yo mismo durante mi infancia me bañé en este lugar, ahora ocupado por la maleza. Montar en barca sigue siendo posible, bañarse ya no lo es.

No sé cuál es la causa que impide que se drene y limpie el río, desconozco si son criterios supuesta y absurdamente ecológicos, burocráticos, falta de interés o, simplemente, abandono. Desde mi ignorancia creo que una intervención sobre el río basada en retirar toda esa maleza, o vegetación, que cubre sus orillas y estrecha su cauce, mejoraría la imagen de Salamanca, de una de sus fotos más icónicas y, sin duda, haría mucho más agradable el paseo por sus orillas.

Me gustaría saber que piensa Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca, que afirma que su nacimiento tuvo lugar dentro del río. Él, que además de nacer en el río, ha visto pasar el tiempo por el Tormes, y que seguramente habrá conocido tiempos peores, posiblemente tenga una idea más fundada que la mía, que mira solo algunas décadas hacia atrás, nada frente a los siglos que él lo contempla desde la literatura universal, aunque bien pensado, en su forma actual, solo desde 1974, cuando Agustín Casillas le dio cuerpo, un año en el que aún podíamos bañarnos en las orillas del Tormes.  Por favor: ¡limpien el río!

 


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