Opinión

El factor humano (IV): Las residencias para personas mayores

 

-Papá, papá, ¿cuándo se hace uno mayor?
-Cuando mata a sus padres, hijo mío, cuando mata a sus padres.
-Y mientras tanto, ¿qué hacemos con los abuelos?
-Contarles un cuento y abandonarlos en el bosque
J. González (La visita).

Viejos, ancianos, seniles, provectos, abuelos, mayores, jubilados, pensionistas, retirados, tercera edad, yayos… El léxico utilizado para referirse a las personas mayores ha variado a lo largo del tiempo y refleja, en gran medida, la consideración o estatus social que se concede en cada época histórica y en cada cultura a la vejez (el lenguaje ni es neutro, ni inocente). Buen ejemplo de ello son los estereotipos literarios negativos (en los que predomina la caricatura), desde Cervantes hasta García Márquez, pasando por Moliere, y en el extremo opuesto las denuncias de marginación de Simone de Beauvoir y Norberto Bobbio o la reivindicación del envejecimiento activo de Rita Levi Montalcini y el optimismo vital de José Luis Sampedro.

Los términos utilizados reflejan estereotipos de los que se derivan prejuicios y, generalmente, discriminación contra estas personas.  El uso de uno u otro vocablo varía al referirse a un individuo concreto, de acuerdo con las expectativas sociales y culturales y con la posición social y económica de cada persona.  En nuestro tiempo hemos estado más pendientes de la mayor o menor corrección semántica, de lo políticamente correcto o incorrecto de los términos utilizados para referirnos a ellos, que de la consideración que merecen por su aportación al avance de la sociedad actual.

En la época del desarrollismo y el consumo sin control, con la rotura de los lazos familiares tradicionales, los viejos carecían de utilidad y se encontraban en cierta situación de aislamiento familiar y social, vivían fuera del tiempo: de su tiempo y del de sus hijos, de nuestro tiempo. Como señalaba recientemente en El País el filósofo alemán Hartmut Rosa “se los abandona como no pertenecientes al tiempo presente y se los relega en su debilidad, encerrados en residencias y apartados de la vida social. De hecho, el coronavirus nos proporciona una justificación para este abandono”, así “se amplifica una tendencia de nuestras sociedades que viene de lejos; la distancia social y temporal se traduce en distancia física, se rompe la cadena entre generaciones, se profundiza la marginación y se aumenta el alejamiento”.

Es cierto que en ocasiones hay que hacer de la necesidad virtud. Con la llegada de la crisis económica recuperaron cierto protagonismo dado que volvieron a ser necesarios, para ocuparse de los nietos e, incluso, para contribuir con su exigua pensión al mantenimiento de los miembros de la familia que habían perdido el empleo.

Estos días están nuevamente de actualidad y ocupan cabeceras de periódicos por la muerte de muchos de ellos víctimas de la Covid 19 en las residencias donde vivían. Los titulares han mostrado sesgos ideológicos al referirse a estas instituciones, aunque el término más ampliamente utilizado ha sido el de residencias de ancianos, reservando el término de residencias de la tercera edad para centros de más alto standing. Afortunadamente otros utilizados en el pasado como asilos o geriátricos, parecen desterrados.

Resulta insufriblemente escandaloso el rifirrafe político entre distintas administraciones y partidos referido a la alta mortalidad que ha tenido lugar en estas residencias, cuando hasta ahora nadie se había preocupado mucho de la calidad de los servicios ofrecían a sus residentes: cuidados sanitarios, comodidad, limpieza, alimentación, ocio…. Es decir que trato recibían y que grado de satisfacción tenían.

En realidad, este tipo de asistencia social se ha convertido en un negocio y muchas de estas residencias eran concesiones públicas, o estaban financiadas por fondos públicos, pero eran gestionadas por sociedades mercantiles privadas: nacionales o multinacionales y fondos buitre controlan el 75% de los centros. El negocio mueve más de 4.500 millones de euros anuales, con un margen de beneficio en torno al 25%.  Para aumentar su rentabilidad se construyeron grandes residencias (que son más baratas de gestionar), y no se cuidó la dotación de recursos técnicos y humanos que han demostrado ser deficitarios. Todo ello se ha visto facilitado por la falta de control por la administración y por los familiares y por la gran demanda existente (hay un déficit estructural en torno a 100.000 plazas), que garantiza la ocupación de las existentes, independientemente del tipo de cuidado que se preste.

Sería muy interesante disponer de un estudio que revele la relación de la mortalidad, con y sin Covid, en cada uno de estos centros, con el tipo de cuidados que habitualmente reciben sus residentes. Nunca se ha hecho y previsiblemente no se hará, porque atenta contra el modelo de negocio.

Todo ello ha aflorado a la luz cuando se ha producido una enorme cascada de fallecimientos entre las personas que las habitan, cuando se han mostrado a la luz pública como un “moridero”, pero, aunque su situación no es nueva, hasta ahora no había ocupado ningún espacio en las preocupaciones públicas, ni tenido ningún reflejo en los medios de comunicación social, ni en los programas electorales de los partidos.

Es preciso repensar el modelo asistencial de España, es necesario disponer de un modelo socio-sanitario integrado e integral, donde las residencias no se conviertan en “aparcamientos de viejos”, donde en vez de respirar tristeza esperando el final de la vida se pueda pensar en un periodo de la vida diferente, un porvenir, si no en plenitud, con otras cosas aún por hacer,  donde sea posible el pensamiento de José Luis Sampedro: “En el umbral de los ochenta ya va siendo la hora de empezar de nuevo”.

Un modelo socio-sanitario integrado ofrece mejores cuidados y calidad de vida, y además es más eficiente, pues reduce parte de los elevados costes de los grandes hospitales y centros sanitarios. Son precisos espacios intermedios con menor coste, como hospitales de crónicos o residencias asistidas que, por lo general, están más próximas al domicilio familiar de las personas que necesitan de sus servicios, lo que contribuye a mantener la relación con su propio medio y evita el aislamiento.

Para ello, es necesario cambiar la concepción personal, familiar y social acerca de la vejez y también de este tipo de residencias, es necesario cambiar el modelo, pero desde luego es imprescindible, yo diría que urgente, que dejen de ser administradas y gestionadas por empresas nacionales o internacionales que solo buscan el beneficio inmediato y consideran a las personas mayores como un objeto de lucro, no muy diferente de un ladrillo o un coche. Es preciso que tanto el sector público como el privado demuestren unos estándares de calidad, que disponen de los recursos humanos necesarios para garantizarlos y, también, que sean inspeccionadas frecuentemente para examinar que los cumplen.

Cicerón en De Senectute, escribe que a pesar de las limitaciones que lleva aparejadas, la vejez puede ser un periodo gratificante de la vida: “La gran edad, especialmente cuando se honra, tiene una influencia tan alta que otorga más valor que todos los placeres anteriores de la vida”.

Las proyecciones para los próximos años señalan el envejecimiento marcado de la pirámide poblacional, lo que convierte en una necesidad urgente atender dignamente a este segmento de edad y esta necesidad debería ser abordada por todos: individuos, sociedad y administraciones públicas, como una prioridad personal, familiar, social y política. Para ello será necesario cambiar la visión de la vejez y el modelo de atención a las personas mayores.

Factor humano (I) Los ciudadanos

Factor humano (II) Profesionales sanitarios

Factor humno (III) Cajeras de supermercado. 


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