Opinión

Divagaciones sobre los bares

 

Los bares, que lugares
Tan gratos para conversar.
No hay como el calor
Del amor en un bar.
Gabinete Caligari

La pérdida de la vida cotidiana, por rutinaria que fuera, ha puesto en valor todas aquellas cosas que no parecían importantes porque nos venían dadas y que, sin embargo, hemos echado tanto de menos durante el enclaustramiento: familia, amigos, abrazos, trabajo, estudios, viajar, pasear, charlar, incluso discutir con los ‘cuñaos’… y los bares, también los bares.

 

Bares y cafés han desempeñado un papel fundamental en la cultura europea, acogiendo en sus mesas a todo tipo de intelectuales y artistas. George Steiner en La Idea de Europa escribe que una de las bases europeas son los cafés: “Europa es ante todo un café repleto de gentes y palabras, donde se escribe poesía, conspira, filosofa y practica la civilizada tertulia, ese café que, de Madrid a Viena, de San Petersburgo a París, de Berlín a Roma y de Praga a Lisboa es inseparable de las grandes empresas culturales, artísticas y políticas del Occidente”.

Es verdad, como escribía Vargas Llosa en El País en 2004, que “en la Europa anglosajona el café casi no existe, y que el pub y la taberna carecen de solera intelectual; son lugares donde se va antes a beber y comer que, a conversar, leer o pensar y que, por lo tanto, ese denominador común europeo se adelgaza mucho cuando salta de la Europa continental y mediterránea a Inglaterra, Irlanda y los países nórdicos. Quizás por eso tienen una idea de Europa tan raquítica y comercial”. Quizás la solución al Brexit habría estado en llenar Inglaterra de cafés.

Cafés como el Antico Caffe Greco en Roma por donde pasaron Goethe, Schopenhauer, Stendhal, Lord Byron, Ibsen o Hans Christian Andersen; Les Deus Magots en París que acogió a Rimbaud, Verlaine, Picasso, Hemingway, Sartre, Simone de Beauvoir, Camus o Ernesto Sabato, el Café Gijón en Madrid con Ramón y Cajal, Galdós, Valle-Inclán, Buero Vallejo o Cela, o el Café Comercial, también en Madrid, con poetas asiduos como Machado, Celaya, Blas de Otero, o Gloria Fuertes. En Salamanca el Café Novelty que frecuentaron Unamuno, Carmen Martín Gaite, Torrente Ballester o Víctor García de la Concha.

El propio Unamuno comenta al respecto: “he dicho alguna vez, con escándalo acaso de algunos pedantes, que la verdadera universidad popular española han sido el café y la plaza pública”, que en Salamanca une al Novelty, cuya terraza frecuentaba, con el ágora.  Esta idea ampliaba el papel del café, extendiendo su valor cultural más allá de las tertulias de intelectuales y artistas. La Plaza Mayor de Salamanca como extensión de la misma Universidad.

Para todos nosotros los cafés son un lugar de encuentro, pero los cambios en los estilos de vida nos han alejado del café y nos han acercado al bar. Los bares son un espacio que cambia según cambia la sociedad: el vino y la cerveza han sustituido al café como bebida popular. Tan es así, que algunos locales, pocos, han cambiado su nombre y pasado a llamarse Café-Bar, otros muchos directamente Bar. Cambio de usos, lugares y horarios, pero seguimos necesitando un espacio común en el que encontrarnos para compartir abrazos, sonrisas, ilusiones, palabras y hasta puñetazos en la mesa, conocer gente, ligar, leer el periódico, arreglar el mundo… es decir un espacio público de libertad y un lugar de encuentro para compartir la vida.

España es un país de bares. Los bares son el foro transversal de nuestra cultura y de nuestra forma de vivir y un reflejo de la sociedad, una red social en la que no se mira una pantalla para conversar, sino que se mira de frente, cara a cara, a los ojos de nuestro contertulio.

Por eso hemos echado tanto de menos a los bares durante el confinamiento, porque el café o la cerveza nos gustan más compartidos. El bar, en los países mediterráneos, es mucho más que un lugar para tomar una cerveza, es un espacio democrático para encontrarnos y conversar, donde la interacción social es más fácil. Se queda en el bar en grupo y, quienes se sienten solos, también recurren al bar para encontrarse con otros, conversar y aligerar el peso de la soledad. Un bar es, fundamentalmente, un lugar donde cultivar la amistad.

El bar es un lugar donde cada día suceden miles de historias a nuestro alrededor y donde el camarero es un testigo privilegiado de las mismas y, en ocasiones, cómplice de los parroquianos cuyos nombres conoce igual que conocen el suyo muchos de ellos, los más asiduos.  Camarero y cliente mantienen una relación de oxímoron: próxima y distante, fría y cordial.

Esperamos volver pronto a disfrutar del bullicio de los bares sin mascarillas y sin mantener la distancia de seguridad. Como dice Fito Cabrales, en su canción Donde todo empieza, creo que los bares se deben de abrir para cerrar las heridas.


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