Opinión

Covid-19: Los fundamentos de la irresponsabilidad

 

Probablemente el momento actual, con la agravación de la pandemia Covid, sea ya más tiempo para la acción inmediata que para la reflexión, pero en todo caso no está de más aprovechar la situación de crisis sanitaria, económica y social para reflexionar acerca del comportamiento humano.

Los trastornos de la conducta son trastornos caracterizados por actitudes antisociales que violan los derechos de otras personas y los estándares y reglas sociales establecidos. Estos trastornos pueden producir, desde actitudes irresponsables, hasta comportamientos delictivos. En relación con las medidas de prevención de la transmisión del coronavirus cabe preguntarse cuáles son las causas y como se podrían solucionar esos comportamientos antisociales y delictivos.

Personalmente me interesa más conocer las causas de la irresponsabilidad, que los comportamientos delictivos, ya que, aunque estos últimos sean importantes fuentes de transmisión, corresponde a las autoridades abordarlos ¿?

Se considera que los condicionantes que contribuyen al desarrollo de los trastornos de la conducta son multifactoriales y así debe ser también en el caso que nos ocupa. ¿Qué justifica que familias enteras decidan juntarse sabiendo el riesgo que corren, especialmente sus mayores? ¿Cómo entender que determinados grupos de población mantengan voluntaria e intencionadamente comportamientos de riesgo para sí y para los demás?

Resulta difícil comprender los condicionantes que producen estas actitudes. Es obvio que no hay falta de información al respecto, ya que la información (y la desinformación) circula desde hace mucho tiempo por todos los medios y redes de comunicación social. Entonces, ¿cuáles pueden ser las causas de dichos comportamientos? La verdad es que no tengo respuestas al respecto, solo preguntas, pero creo que debe ser un campo de investigación apasionante para sociólogos y especialmente para psicólogos y psiquiatras.

En todo caso, siendo un tema recurrente en radio y televisión entre todo tipo de tertulianos, no he oído ni leído propuestas constructivas que puedan mejorar la situación a corto plazo y disminuyan el riesgo de transmisión comunitaria del Covid-19, más allá de proponer medidas punitivas que, por otra parte, se adoptan de forma ambigua y en ocasiones contradictoria, sin convicción ni determinación, por lo que resultan claramente ineficaces para contener el problema.

Es posible que, en determinados sectores de población, el riesgo produzca incluso una atracción fatal, en otros casos contravenir las normas sociales puede resultar atractivo y ambos factores es fácil atribuirlos a grupos de jóvenes, pero limitar el problema a esos factores es una simplificación excesiva. Deben existir otras explicaciones.

Un factor importante, en mi opinión, es la pérdida de valores que afectan a la sociedad actual donde la solidaridad ha dejado de ser un valor para ser, en todo caso, un comportamiento individual que apenas se valora y además se practica poco. El liberalismo dominante, que predica el individualismo a ultranza, ha penetrado hasta tal punto la sociedad que los valores que atenten contra el lucro inmediato han sido desterrados no solo de la práctica política y social, sino del propio pensamiento intelectual.

En ese sentido colectivos como inmigrantes, temporeros, parados, pobres, enfermos y viejos son considerados como parias, e incluso como una carga social de la que hay que deshacerse o, en el mejor de los casos, abandonar a su suerte. Estas actitudes se corresponden con la pérdida de los valores como sociedad, que ha sustituido el sentimiento colectivo por el egoísmo individual, el nosotros por el yo. Esta mutación de valores morales y éticos es de tal calibre que la solidaridad social ejercida a través de los gobiernos, sustituta de la vieja caridad cristiana, se encuentra claramente en retroceso (la caridad también) y el hueco dejado por el estado ha tenido que ser asumido en precario por ONGs llenas de buenas voluntades, pero con escasos recursos para tan ardua tarea.

Es posiblemente esta una de las causas que explican comportamientos antisociales como los que se vienen produciendo a propósito de la pandemia Covid-19. Al inicio de la misma muchos pensaron que saldríamos de la misma mejores, colectiva e individualmente, pero los comportamientos que se vienen produciendo demuestran que posiblemente esté haciendo aflorar lo peor de nosotros. Permítanme finalizar con una frase de Rafael Narbona, profesor de Filosofía, en su artículo ¿Qué nos enseñó La Peste, de Albert Camus? publicado en El Cultural el pasado 17 de marzo: “Las peores epidemias no son biológicas, sino morales”.

No obstante, en la situación en la que estamos, hay que utilizar las pocas armas que tenemos en nuestras manos y, frente al Covid-19, hay que seguir demandando a todos y cada uno de nosotros comportamientos éticos en forma de responsabilidad individual y colectiva, insistiendo en pedir el cumplimiento de las normas de prevención: mascarillas, lavado de manos y distancia social y, ojala que cuando esto termine, hayamos aprendido un poco que nuestro bienestar individual y el de los nuestros, el de todos, depende en gran medida del bienestar colectivo.

 


Un comentario

  1. Miguel, como siempre me sorprende, por tu acierto, tu diagnóstico, en este caso social, del problema . Ojalá fuese generalizado.

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