OpiniónPortada

Covid o no Covid: ¿Y ahora qué?

 

Parece que la sociedad, y especialmente quien la gobierna en cada momento, cree firmemente que médicos y enfermeros, por el mero hecho de serlo, va a trabajar desinteresadamente, por vocación, independientemente de cómo se les (mal)trate.

 

Algunas frases referidas al sistema sanitario y a sus profesionales, que utilizan frecuentemente políticos y periodistas son, en este momento, especialmente molestas. Afirmaciones como que tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, que tenemos los mejores profesionales, que es un sistema universal y equitativo, etc. son doblemente dolorosas cuando solo sirven para un titular o, especialmente, para esconder la dura realidad del día a día. Algo parecido se puede decir de una parte importante de la población: los calificativos de héroes, o los aplausos desde los balcones, pudieron ser de agradecer durante la parte más dura de la pandemia, pero ya no son útiles y no lo serán en el futuro que se avecina. No queremos aplausos, se necesita respeto profesional, se necesitan condiciones dignas de trabajo, con todo lo que eso significa.

Una parte muy importante del deterioro del sistema venía de atrás. Mientras políticos y gestores del sistema hacían esas declaraciones grandilocuentes acerca de la excelencia del sistema y de los profesionales, se ocultaba que estamos muy lejos de la inversión en sanidad de los países europeos, que se seguían aplicando recortes, que faltaban camas y recursos, que muchos profesionales encadenaban durante años contratos precarios, que estaban muy mal pagados y que no se tenía en cuenta la excelencia profesional a la hora de contratarlos,… por lo que el sentimiento de maltrato ha ido ganando terreno progresivamente y hoy se puede afirmar, sin ninguna duda, que existen muchos profesionales que sufren el síndrome de burnout, o dicho en plata: que están quemados.

Algo parecido sucede respecto de amplios sectores de población. Cayó el telón del primer acto y se olvidaron las alabanzas y los adjetivos calificativos desmesurados, se apagaron los aplausos, y comenzaron las presiones, insultos, amenazas y agresiones para exigir certificados que libren de las mascarillas o de ir a trabajar, que permitan saltarse las restricciones, presiones que se sumaron a la producida por la sobrecarga asistencial, fundamentalmente burocrática y telefónica, que se está viviendo. Por si eso fuera poco, una parte nada despreciable ignoró y sigue ignorando las recomendaciones sanitarias de evitar las situaciones de riesgo, siendo especialmente grave el comportamiento de aquellos que con PCR positivas deciden romper el confinamiento para salir de fiesta o a hacer surf en la playa.

¿Para que hacer PCR si no existe la posibilidad de obligar a quedarse en casa a los positivos? Parece que todo se haya dejado a la “buena voluntad de la población” que puede servir para la mayoría (que buen vasallo si tuviera buen señor), pero no sirve de nada para los irresponsables. ¿Para que sirven dictar normas de reducción de movilidad o de aforos si se incumplen sistemáticamente porque las administraciones y, especialmente los ayuntamientos, hacen “la vista gorda”? Parece que quienes tienen la responsabilidad de dictar normas y hacerlas cumplir se han puesto de perfil: ni se les ve, ni se les espera.

Se han perdido meses que, sabiendo, esta vez sí, lo que se avecina, deberían haberse empleado en dotar al sistema sanitario, a los médicos, a enfermería y a todos los profesionales sanitarios de los recursos necesarios para atender a los pacientes, a todos los pacientes y no solo a los pacientes con Covid. Se deberían haber establecido estímulos para recompensar el esfuerzo realizado, para favorecer el descanso y evitar el burnout, se deberían haber hecho contratos dignos a muchos profesionales que se batieron el cobre durante los duros meses de la primavera y después se fueron a la calle.

Aún hay quien se extraña que una parte importante de los profesionales sanitarios, especialmente médicos, que nunca se lo habían planteado antes, ahora estén solicitando la prejubilación y otra parte se busque mejores horizontes profesionales y geográficos. No se quiso contratar cuando se pudo haber hecho, no se ofertaron mejores condiciones de trabajo y ahora resulta que no hay profesionales en las bolsas de trabajo. No parece que sea algo de lo que haya que extrañarse, era perfectamente previsible.

Al final, la razón última de todo, la razón que se aduce, es que no hay dinero y por eso no se puede invertir en sanidad, como no se puede invertir en educación, en dependencia, en pensiones o en otras áreas sociales. Desde luego, a mí se me ocurre un listado enorme de acciones que podrían servir para que el estado ingresase mucho más dinero, y otro listado no menor de acciones que permitirían ahorrar mucho, así que el problema no es el dinero, el problema son las prioridades políticas y la gestión puesta al servicio de esas prioridades.


4 comentarios

  1. AUTOCRÍTICA, sanitario. Estáis en lo mismo que los docentes: la culpa la tienen los padres, las inclemencias del tiempo o la sociedad, ellos siempre lo hacen bien. Con la sanidad igual: a estas alturas NADIE se cree que tengamos ‘uno de lo sistemas sanitarios públicos mejores del mundo’, de modo que no olvidéis -para empezar- qué los PACIENTES son los más importantes. Y de paso le decía vuestra compañera Consejera Casado que es una ***** en toda su dimensión. Y que el hospital, PARA CUÁNDO?

Deja un comentario

Botón volver arriba