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Requiem por la Medicina de Familia

 

Dedicado a Enrique, Alba, Beatriz, Lucia, y a tantos alumnos de la USAL que en los últimos años eligieron la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria.

 

La creación de la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria en España respondió a un proyecto mundial de reforma de la atención primaria y supuso un gran salto de calidad que fue posible por la confluencia de diversos factores, entre los que cabe citar el impulso de la OMS en la Conferencia de Alma Ata de 1978 y la Ley General de Sanidad en España de 1986.

Una especialidad que, tras el cambio de nombre, buscaba una identidad propia y mostraba una decidida voluntad de transformación progresista, que conllevaba un vuelco a la práctica reparadora de la medicina general hasta esa fecha, ampliando el interés desde la persona a la comunidad, incorporando un matiz social y basando todo ello sobre bases científicas sólidas respaldadas por una filosofía y un cuerpo doctrinal propio.

Un médico de familia inglés, Julián Tudor, autor de la frase existe vida inteligente fuera de los hospitales, influyó notablemente en los primeros médicos de familia españoles, que desplegaron como señas de identidad de la nueva especialidad el orgullo de ser médico en y de la comunidad.

En España ello fue posible también gracias a una penetración muy importante de las primeras hornadas de médicos de familia en cargos políticos en el Ministerio de Sanidad y en las Comunidades Autónomas, en un momento en el que todo estaba por hacer y el desarrollo de la Ley General de Sanidad posibilitaba implementar los cambios necesarios que permitieron desarrollar la estructura asistencial de la atención primaria.

El resultado de dichos cambios lo hemos vivido todos: unos médicos de familia sin complejos frente a los especialistas hospitalarios, empoderados, orgullosos de serlo, que han transformado la atención primaria y han ofrecido a sus pacientes una asistencia de primer nivel frente a la enfermedad trasformando la relación médico-paciente, a la vez que desplegaban una medicina comunitaria capaz de promocionar la salud y prevenir la enfermedad.

Un efecto adicional es haber convertido a la atención primaria en la base que sustenta la sostenibilidad de un sistema sanitario público, accesible y de calidad para todos los ciudadanos que viven en España.

Durante los pasados años, cuando el liberalismo economicista puso la proa al estado del bienestar y, por tanto, a la sanidad pública, aplicando recetas extremistas de recortes financieros, que conllevaron una disminución marcada de los recursos humanos y materiales de los equipos de atención primaria, el deterioro ha sido evidente, obligando a la Medicina Familiar y Comunitaria a replegarse sobre sí misma y centrarse exclusivamente, aún a su pesar,  en la actividad asistencial, perdiendo la parte comunitaria y provocando un desgarro en el cuerpo doctrinal de la especialidad. Las movilizaciones de los médicos de familia a las puertas de los centros de salud, pidiendo al menos 10 minutos de tiempo para atender a cada paciente, son un buen ejemplo de lo que viene sucediendo y hasta donde ha caído la calidad asistencial que pueden ofrecer.

Todo ello coincide en el tiempo con la jubilación de las primeras promociones de médicos de familia españoles, en los que la ideología y el orgullo de pertenencia constituían en tiempos difíciles el soporte de su actuación, su Bálsamo de Fierabrás colectivo, ideología que los nuevos médicos de familia o no han sabido o no han podido asumir, presos del desencanto y próximos a caer en la melancolía.

A todo ello se ha sumado la situación a la que se ha llevado a la atención primaria por la pandemia COVID, obligados a ser la infantería que combate en primera línea al virus, asumiendo riesgos que no son bien valorados por la administración ni por muchos ciudadanos y, lo que es peor y que atenta contra la esencia misma de la especialidad: limitando o impidiendo el acceso de los pacientes No Covid a los centros de salud y a “sus médicos de toda la vida”, pacientes que conocen por una larga y fértil convivencia y que confían en ellos por encima de todo, de hecho confían más en ellos que en el propio sistema sanitario. Esta “nueva normalidad” también afecta a los médicos de familia en formación, muchos de los cuales eligieron la especialidad por verdadera vocación y que están viendo truncada la formación que, según su programa docente, deberían recibir y que, además, contemplan un cambio radical en la perspectiva de lo que creían que sería su ejercicio profesional futuro y de lo que ahora entrevén que puede ser, motivo por el que el desencanto está haciendo estragos entre ellos.

Es preciso recuperar el sentido originario de la especialidad, superar la pandemia, revertir los recortes sanitarios y dotar a los centros de salud de los recursos necesarios para poder ejercer en la práctica diaria la filosofía fundacional que sustenta la especialidad: una asistencia de calidad en lo personal, en lo social y verdaderamente comunitaria. Salir de la situación actual y recuperar la Medicina Familiar y Comunitaria va a ser muy difícil y exigirá de esfuerzos y movilizaciones de médicos, pacientes y ciudadanos para defender y luchar por una atención primaria de calidad.

A pesar del titular que encabeza este artículo, este no quiere ser un réquiem por una especialidad sino un canto a la esperanza. Todos nosotros dependemos de ello y juntos podemos conseguirlo.

 


Un comentario

  1. Ayer en las protestas ciudadanas ante los centros de salud poquísima gente. Así no va y aún nos irá peor. Volveremos a la medicina de beneficencia como no espabilemos. Gracias a los médicos de familia por el esfuerzo enorme que hacen todos los días.

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