Opinión

Contar muertos como música de fondo

 

Es posible que a base de contabilizar muertos por el COVID nos hayamos vuelto insensibles o estemos mentalmente embotados. Quizás sea una rutina que los telediarios abran sus informaciones contando el número de infectados, hospitalizados, ingresados en la UCI y muertos. Quizás como una rutina, un rosario o una letanía que se repite mecánicamente, ya no escuchamos su significado, quizás son únicamente un sonido de fondo en el televisor o en la radio mientras comemos, cenamos o seguimos con nuestra nueva normalidad, pero los números no mienten. Por eso, puede ser necesario comparar, es necesario comparar, con otros números que puedan servir de referencia.

Si cada día se estrellase un Boeing 747 en un aeropuerto español: hoy en Madrid, mañana en Barcelona, pasado mañana en Palma de Mallorca, al día siguiente en Sevilla, en Tenerife, en Valencia, en Bilbao, en Zaragoza … y así día tras día, significaría que cada día morirían más de cuatrocientas personas. Probablemente no habría ningún gobierno que aguantase una semana. Con o sin transferencias aéreas.

En las carreteras españolas murieron en 2020 cada día algo más de dos personas. Si el número de muertos diarios por accidentes de tráfico fueran aproximadamente ciento cincuenta, posiblemente tampoco habría un gobierno que pudiera aguantar. Con o sin trasferencias de tráfico.

Hemos asumido demasiado fácilmente la inevitabilidad de la pandemia y sus consecuencias, y nos hemos acostumbrado a unas cifras demoledoras, que podrían haber sido mucho menores con una buena gestión. Es posible que ello responda a una manera de sobrellevar lo que consideramos inevitable, pero lo peor de todo es que a la vez que asumimos la inevitabilidad de la pandemia llevamos meses asumiendo también la inevitabilidad de la mala gestión, desde el presidente del Gobierno hasta el concejal del último pueblo de España, y ahora también de la Comisión Europea.

Asumida la inevitabilidad asumimos también la justificación de sus decisiones políticas y para consolarnos miramos a otros países y asumimos el refrán de que “en todas partes cuecen habas”, y puestos a comer habas preferimos comerlas en la mesa de “los nuestros”, aunque estén duras y mal cocinadas.  Es lo que hay… y así nos va.

 

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