Opinión

La medicina ¿ciencia o arte? II: Aprender a ser médico

 

La forma de aprender la medicina ha cambiado mucho en las últimas décadas, aunque algunos aspectos sustanciales siguen sin ser transmitidos en las facultades de medicina. Cuarenta y cinco años de ejercicio profesional son una buena atalaya para poder reflexionar al respecto. Por situar a ustedes en un contexto conocido, mi ejercicio como médico, tras una breve etapa como médico rural, comenzó en 1976 con la inauguración del Hospital Clínico, ha estado ligado siempre al mismo y, previsiblemente, terminará también cuando el viejo clínico sea derribado (próximamente en esta pantalla). También mi ejercicio como profesor abarca el mismo periodo de tiempo habiendo pasado por todos los puestos académicos desde PNN, profesor asociado o profesor ordinario en sus distintas escalas (profesor titular y catedrático). Hoy reflexionaré con ustedes acerca de los cambios en la forma de aprender/enseñar la medicina y el próximo sábado de los cambios en la forma de ejercerla.

Los estudios de medicina han cambiado mucho. Mi promoción estudió con el “revolucionario” plan de 1969, que resultó teórico, nada práctico y nada revolucionario. El primer año era selectivo y común con Ciencias: estudiamos matemáticas, física, química y biología. Los siguientes cuatro años incluían lo que en planes anteriores se estudiaba en seis años. Hasta tercero no pisamos el hospital y en los años siguientes las prácticas clínicas eran testimoniales. A cambio el plan preveía un sexto curso rotatorio que desapareció por el camino y nunca tuvimos. Para dar idea de la dureza del plan después de superar la prueba de madurez universitaria, equivalente a la actual selectividad, comenzamos primer curso, que tenía carácter selectivo, 1.200 alumnos y terminamos 120. Fue duro e inútil porque no aprendimos demasiado.

Libros y apuntes tomados a mano con papel de calco en clase (aún no existían las fotocopias) eran la base del estudio, imágenes pocas, ver y hablar con los pacientes algo excepcional, historiarlos y explorarlos una quimera. La formación en valores propios del ejercicio profesional como ética, integridad, altruismo, empatía, sensibilidad o compasión estaban ausentes.  Eran tiempos en los que la relación médico paciente se desarrollaba con carácter paternalista y en los que el paciente debía seguir las instrucciones del médico sin cuestionarlas.

A los propios estudiantes la facultad y el hospital provincial nos resultaban muy lejanos, un Olimpo donde moraban los catedráticos y una corte de ayudantes que respetuosamente, reverencialmente, siempre un paso atrás, les seguían a clase y a todos los sitios. Tuvimos profesores de gran renombre que utilizaron la Universidad de Salamanca como trampolín para saltar a las cátedras de Madrid. Ofrecían mucho más ruido que nueces y, generalmente, por poco tiempo. También hubo excepciones, pocas, no puedo menos de nombrar a Don Sisinio de Castro, excelente clínico y profesor, médico y maestro en toda la acepción de ambas palabras.

Ahora, y también a pesar de los sucesivos planes de estudio, la formación teórica y práctica que reciben los alumnos es mucho mejor, con una carga teórica más lógica (salvo excepciones) y se cuenta con muchos más medios tecnológicos y también con nuevos métodos docentes que facilitan una participación mayor del alumno, refuerzan la autonomía del estudiante y su capacidad para aprender por sí mismo. La formación práctica ha dado un gran salto adelante y los alumnos adquieren esta formación en la propia facultad y en el hospital, de cuyo paisaje forman parte habitualmente.

Sigue existiendo una gran laguna en la formación humanística y, aunque el ejercicio de la medicina ha cambiado y no tiene el carácter paternalista de antaño, dicha formación, más necesaria que nunca para la relación médico-paciente, sigue ausente, igual que sucede con la dimensión social de la medicina. Es preciso enseñar una medicina centrada en el paciente y en la sociedad. Es cierto que estos aspectos son muy difíciles de transmitir y no es menos cierto que una parte importante de los alumnos que eligen medicina tienen valores intrínsecos al respecto que podríamos definir como la voluntad de “ayudar a los demás”, aunque sigan existiendo quienes se matriculan en medicina porque tienen muy buena nota en la selectividad y no van a desperdiciarla, posiblemente pensando en un trabajo ¿seguro y bien pagado?

Por otra parte, la enseñanza universitaria en general y de la medicina en particular se ha democratizado en gran medida y los profesores son (somos) mucho más accesibles y no es que hayamos descendido del Olimpo, es que nunca habitamos allí, aunque también en la relación entre profesor y alumnos tengamos aún mucho que mejorar tanto profesores como alumnos.

Seguramente la enseñanza actual es claramente mejorable, y en eso se está, pero no se puede comparar ni de lejos con la que recibimos muchos estudiantes en el antiguo edificio de Fonseca. Ahora la facultad no tiene grandes nombres que brillen en el universo, pero muchos más profesores ligados a la práctica clínica se esfuerzan por formar a los alumnos. La enseñanza se ha democratizado y acercado a la realidad clínica.

Eso sí, por el camino hemos perdido algunas oportunidades. Se malogró la reforma impulsada desde Europa por la falta de fondos.  Bolonia y lo que significaba solo ha sido el sueño efímero de una noche de verano y únicamente una pequeña parte de lo que prometía ha podido ser llevado a la práctica, y más por el entusiasmo de las nuevas generaciones de profesores, que por el apoyo de los gobiernos y de los planes de estudio que se han sucedido desde 1999. Aun así, Bolonia ha sido un acicate para la modernización y se han implementado cambios que sin el Espacio Europeo de Educación Superior no hubieran sido posibles.

El segundo aspecto que condiciona la enseñanza desde hace tiempo, la segunda oportunidad perdida, es la orientación de los alumnos durante los últimos años de la carrera, precisamente los años clínicos, a preparar el examen MIR, algo perfectamente comprensible puesto que de dicha prueba dependerá su futuro inmediato, pero que los distrae del verdadero objetivo durante su estancia en la facultad, que no es otro que aprender medicina. Este es un problema que tiene múltiples causas a las que no son ajenas las propias facultades que deberían haber hecho innecesarias las academias de preparación del MIR, ofreciendo a los alumnos además de conocimientos una metodología que les preparase para dicho examen. Tampoco es ajeno el Ministerio de Sanidad ya que dicha prueba debería realizarse inmediatamente después de acabar la carrera. Las academias MIR están invadiendo el tiempo de la formación universitaria y ello no debería suceder, además de haberse convertido en un lobby económico de presión que determina decisiones del ministerio y de las universidades y condiciona incluso los planes de estudio para seguir defendiendo su “mercado”.

Una tercera oportunidad, poco aprovechada, ha sido producto de la pandemia COVID, que ha obligado a implementar metodologías de enseñanza basadas en las nuevas tecnologías; sin embargo, en la formación médica la enseñanza presencial sigue siendo imprescindible y urge recuperarla. Viejos y nuevos métodos caminando de la mano serán imprescindibles en el futuro inmediato.

Queda mucho por mejorar, pero para ello se necesitan cuatro cambios fundamentales: recuperar la inversión en las plantillas de profesores, escasas y muy mal pagadas, fomentar el entusiasmo de médicos y profesores por la enseñanza, dotar de recursos tecnológicos a las facultades de medicina y hospitales universitarios y ser capaces de mantener y aumentar la ilusión con la que ingresan los alumnos en la facultad.

Cuatro retos de los que depende el futuro de la formación de los médicos, que deberán abordar ya nuevas generaciones de profesores y alumnos y de cuya solución va a depender la salud de todos en el futuro inmediato.

 

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