Opinión

La fuerza de un septuagenario: De Reagan a Biden

 

Dos presidentes septuagenarios Ronald Reagan y Joe Biden pueden marcar sus presidencias en sentidos opuestos, pero ambas con el calificativo de históricas. La de Reagan lo fue, la de Biden puede serlo. Reagan, elegido presidente de los Estados Unidos unos días antes de cumplir 70 años, cambió el paradigma político y económico que imperaba en el mundo hasta 1980, poniendo en marcha una revolución liberal-conservadora basada en menos estado y más mercado, menos impuestos, menos gasto público y menos déficit. Esta doctrina se ha extendido hasta nuestros días y ha llevado a los ricos a ser mucho más ricos y a los pobres a ser más numerosos y mucho más pobres, aumentando las desigualdades sociales entre individuos y países.

Joe Biden, de 78 años, nuevo presidente de Estados Unidos, con un lenguaje moderado en las formas, anuncia un cambio radical y el renacimiento de políticas socialdemócratas inimaginables en Norteamérica. A los 100 días de su toma de posesión, que le han servido para tomar el pulso a la situación de emergencia de su país, ha presentado un programa de gobierno de corte keynesiano, que propone corregir las desigualdades del mercado otorgando mayor protagonismo al gobierno, invirtiendo seis billones de dólares para cambiar la economía y ejecutar un programa de cambios estructurales que rescaten a las clases medias y a las clases populares del abandono al que han sido sometidos por el estado durante las últimas décadas. El programa incluye fomentar el empleo, mejorar los salarios e invertir en sanidad y educación públicas y en asistencial social. Un programa ambicioso, una especie del New Deal, similar al que puso en marcha Franklin Delano Roosevelt en 1933 para hacer frente a las consecuencias de la gran depresión, pero en versión corregida y aumentada.

La fórmula para financiar un programa tan ambicioso, sin disparar el déficit público, se basa en el cambio de política fiscal: los muy ricos tienen que pagar más. Se propone incrementar los impuestos a los contribuyentes que ganan más de 400.000 dólares al año y a las grandes fortunas, subiendo el tipo impositivo a las grandes empresas y a las rentas del capital creando un impuesto mínimo de sociedades del 21% (próximo al que soportan las rentas del trabajo), estableciendo una fiscalidad mínima internacional (que incluso ¡asómbrense! apoya ahora el Fondo Monetario Internacional). Para poder llevarlo a cabo también quiere perseguir el fraude y el dumping fiscal y acabar con los paraísos fiscales. Un giro de ciento ochenta grados que choca frontalmente con la práctica política y económica dominante. La primera pregunta que me viene a la cabeza es: ¿le dejarán hacerlo? dando por sentado que se opondrán frontalmente los poderes fácticos políticos y económicos,Wall Street a la cabeza. La segunda pregunta es ¿conseguirá llevarlo a cabo?

Si a ello se añade el cambio del modelo productivo que sus reformas implican, el compromiso para frenar y revertir el cambio climático y la defensa de los derechos de las minorías, podemos pensar que nos encontramos si no ante un programa revolucionario, si en un cambio de modelo que, si se consolida, contribuirá a hacer más habitable este planeta y mejorará la vida de sus ocupantes que somos todos nosotros, es decir un futuro mejor para todos y no solo para unos pocos.

En la era de la globalización y de liberalismo a ultranza su propuesta de organización social puede parecer una utopía, en el sentido de la obra de Tomás Moro, y seguramente lo es. Desde la perspectiva de dar la vuelta al calcetín de la sociedad norteamericana heredada de Trump y visto todo lo que Joe Biden ha cambiado en sus cien primeros días: control de la pandemia COVID en Estados Unidos y propuesta de liberación de las patentes de las vacunas para que se pueda vacunar en los países pobres, o sus cambios en la política migratoria favoreciendo la reunificación de familias emigrantes separadas en la frontera, por ejemplo, parece que a sus setenta y ocho años está dotado de una fuerza y decisión inauditas: apenas ha comenzado su mandato y, a pesar de su edad, ya piensa en ocho años de ejercicio de la presidencia para poder desarrollar completamente su programa.

Es cierto que en las décadas pasadas nos hemos ilusionado con la llegada al gobierno de los estados europeos o de los propios Estados Unidos de líderes socialdemócratas supuestamente comprometidos con el cambio, y no es menos cierto que hemos cosechado decepciones monumentales, una tras otra, la última con el We Can de Obama, pero dice la sabiduría popular que de ilusión también se vive y,si de algo estamos necesitados en este momento que nos ha tocado vivir, es,precisamente, de ilusión.

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