Jesús Málaga

Los mítines de la transición

Se celebraban mítines en todos los pueblos y se constituían agrupaciones del partido en los núcleos de población más importantes de la provincia. Con María Mendoza visité a Belén Cela en su fábrica de caramelos para intentar rehacer la agrupación bejarana. Convocamos un mitin en el cine Madrid, donde participé con otros oradores de Salamanca y Béjar. Pinedo habló de agricultura desde la perspectiva de su profesión, la veterinaria. El salón estuvo abarrotado de gente, unas mil personas. Hablé del programa electoral de sanidad agarrándome al papel que llevaba escrito para salvar el pánico escénico.

De la primera campaña electoral para elegir los diputados constituyentes tengo algunos recuerdos que no me resisto a contar. También me referiré  a otro vivido en las de 1982.

Me habían asignado para dar un mítines en Hinojosa de Duero y tuve la suerte de encontrarme en la calle esa misma mañana con mi amigo Jesús García Rodríguez, párroco de Pizarrales. Al comentarle nuestra marcha a las Arribes me dijo que saludara a su buen amigo José Martín, cura de aquel pueblo fronterizo. A pesar de pertenecer a la diócesis de Ciudad Rodrigo, había coincidido con Jesús en varias ocasiones y mantenían una relación amistosa de años. Dicho y hecho. Llegamos al pueblo María Mendoza, Juanjo Melero y yo y fuimos a saludar al cura. Nos recibió con amabilidad y nos prometió ir al acto a oírnos.

Llegamos a una cafetería que todavía existe y que he tenido la oportunidad de visitar con ocasión de un viaje oficial realizado últimamente en mi condición de subdelegado del Gobierno en Salamanca. Clavamos en la pared de un pequeño escenario un paño con el estampado del escudo antiguo del PSOE, el del yunque. Cubrimos la mesa de formica con carteles electorales. El salón se llenó de personas y, entre ellas, vimos en la primera fila al cura.

Comenzó a hablar María Mendoza y siguió en el uso de la palabra Juanjo Melero. Cuando estaba a medias de su discurso irrumpieron en la sala unos guardias civiles, que luego supimos eran los del puesto del pueblo, al grito de “mueran los rojos”, con las pistolas apuntando al estrado. El que llevaba la voz cantante era un hombre de mediana edad, grueso y con bigote. Vestía el uniforme con desaliño y su cara estaba abotargada.

Juanjo dejó de inmediato de dirigirse al público, que intranquilo comenzó a levantarse de los asientos para marcharse lo antes posible. Los guardias animaban a los asistentes a abandonar la sala. De repente se oyó una voz que destacaba entre el barullo creado ante la entrada de la benemérita. Era el cura que a gritos dijo:

– ¡Aquí no se va a matar a nadie, estamos en un país donde cada uno puede expresar su opinión!

La corta alocución del sacerdote fue contestada por el mando de la Guardia Civil invitando a los asistentes a que abandonaran el local. El cura volvió a intervenir para decir que el que quisiera podía marcharse y el que no, que se quedara para escuchar el mitin.

El pueblo se dividió, unos con el cura y otros con la Guardia Civil. Acabamos el acto como pudimos. Al salir a la calle un grupo nos animaba y otros, junto a los guardias civiles, nos decían en alto de todo menos bonito. Nos despedimos y salimos de Hinojosa con más pena que gloria. El obispo de Ciudad Rodrigo, sabedor del incidente, reprendió al sacerdote. Tuvo que salir del pueblo y refugiarse en la diócesis de Salamanca donde Mauro Rubio lo acogió con los brazos abiertos.

Siempre estaré agradecido a este cura, que, al asistir a nuestro mitin y con una intervención valiente, salvó nuestras vidas.

Luego supimos que el mando de la Guardia Civil había estado bebiendo durante todo el día y que llegó al salón completamente ebrio. Pasados muchos años, siendo alcalde de Salamanca, el edil de Hinojosa de Duero quiso hacerme un acto de desagravio. Asistimos mi mujer y yo, recorriendo los lugares en los que tuvieron lugar los hechos. Era la primera vez que pisaba Hinojosa desde que sentí en mis propias carnes el miedo por defender la democracia.

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