Jesús Málaga

El miedo en los pueblos

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

Lo normal es que nos encontráramos los pueblos desiertos. Sin apenas nadie en las calles. Incluso los niños eran recogidos en las casas por miedo a que pudiera darse algún altercado con peligro físico para el que estuviera cerca de los políticos de izquierdas que celebraban un mitin en el salón del pueblo. La mecánica de los actos electorales era muy simple. Por la mañana, un coche con megafonía anunciaba el mitin con la hora y los oradores. Se daba a conocer una breve biografía de cada unos de los intervinientes. Esto era muy importante en mi caso, muchos vecinos habían llevado a sus hijos a mi consulta y, por ese respeto que todavía existía en el mundo rural con el médico, solían asistir o al menos se acercaban a saludarme.

Cuando llegábamos al salón del pueblo nos encontrábamos con la desolación, normalmente una o dos personas esperaban para escucharnos. Nos dábamos cuenta de que al aparcar el coche en la plaza o al pasear por sus calles los visillos de las casas se descorrían discretamente para vernos pasar.

Comenzábamos el mitin con escaso número de asistentes, y como por encanto, discretamente, sin hacerse notar, se iban llenando las sillas de personas, generalmente hombres. Comenzábamos vacíos y terminábamos llenos a rebosar. Cuando finalizaba el acto se había roto el hielo, charlábamos con ellos e incluso tomábamos algo en la tasca del pueblo.

Estos recelos hacia la política, que había introducido en las gentes de España el régimen de Franco, estaban tan arraigados que no me resisto a contar un suceso que me ocurrió en un pueblo cercano a Alba de Tormes y, por tanto, no muy lejos de la capital, cuando se convocaron unos comicios nacionales. Yo era alcalde de Salamanca y el partido me había encomendado dar un mitin en dicho pueblo.

Llegué tarde, alguna ocupación del Ayuntamiento me entretuvo. Es preciso recordar que entonces no había teléfonos móviles para avisar a los compañeros que esperaban sin saber de mi tardanza y excusar mi demora ante los que asistían al mitin.

Llegamos al pueblo en un coche de un concejal que tuvo la amabilidad de acercarme, ya que nunca me ha gustado conducir de noche y la vuelta sería bastante tarde. Al entrar en el poblado nos topamos con un grupo de chiquillos a los que les preguntamos por el lugar donde el PSOE iba a celebrar un mitin. Solícitos nos indicaron la dirección y de inmediato nos pusimos en marcha. Los chicos corrían a nuestro lado gritando para que se enterara todo el pueblo:

– ¡Los rojos, han llegado los rojos!

Habían transcurrido más de diez años de la muerte de Franco y todavía en algunos lugares de España éramos conocidos como los del bando que había perdido la guerra, los rojos.

Por las mañanas, los días de campaña electoral, era frecuente que los militantes del Partido Comunista nos pidieran datos de asistencia a nuestros mítines en los pueblos visitados por nosotros la noche anterior. Cuando la asistencia había sido escasa, ellos no se molestaban en ir.

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