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Opinión

¿Hablamos de política?: Transmitir el mensaje (I)

Hace ya tiempo que el voto ciudadano no está determinado ni por la ideología ni por la realidad, de tal forma que la práctica política es autónoma, ha cobrado vida propia y, aunque no es un fin en si misma, puesto que el fin es ocupar el poder político, frecuentemente está al margen de la realidad social que pretende gobernar.

Originalmente el programa de los diferentes partidos, con el que concurrían a las elecciones, transmitía a través de la propaganda directa e indirecta una identidad de clase social, o al menos de grupo, pero el programa ha sido remplazado por campañas de marketing político en las que las propuestas programáticas se han sustituido por mensajes emocionales centrados en liderazgos personales, y donde la identidad personal del candidato ha sustituido a la grupal, trasladando el mensaje de lo racional a lo emocional. Frente a la desaparición de los programas el maestro de escuela Julio Anguita, devenido en político, pedía mensajes coherentes: “programa, programa, programa”.

Los carteles con fotos de líderes atractivos, guapos y bien vestidos, junto a eslóganes vacíos de contenido y llenos de frases grandilocuentes sustituyeron a las ideas y a los programas. El PSOE ha utilizado este tipo de slogans frecuentemente en las elecciones: “Por el Cambio” en 1982, “Por buen camino” en 1986, “España en progreso en 1989”, “Por el progreso de la mayoría” en 1993, “España en positivo” en 1996, “Merecemos una España mejor” en 2004, “Motivos para creer” en 2008, hasta los más recientes “Haz que pase” o “Ahora sí” en 2019. Todos ellos sugerían la oferta de un cambio indeterminado frente al conservadurismo de los mensajes del PP: “Vamos a más” en 2002, “Juntos vamos a más” en 2004, “Con cabeza y corazón” en 2008, “Un valor seguro” y “Todo lo que nos une” en 2019, pero ni unos ni otros incluían compromisos concretos que anteriormente sí recogían los programas.

Paralelamente, los mítines donde los candidatos se daban un baño de multitudes, pero donde podían tomar el pulso a militantes y ciudadanos, fueron sustituidos por mítines con aforo reducido, con militantes cuidadosamente seleccionados, reuniones diseñadas para ser transmitidas en directo en los telediarios, o en diferido (enlatados), y también por anuncios en los medios de comunicación, especialmente en televisión.

El único espacio real de confrontación de ideas fueron los debates en los platós de televisión, en los días previos a las elecciones, completamente encorsetados y que pronto degeneraron sustituyendo la exposición de ideas por la imagen de cada candidato, por la mejor o peor presencia en el plató. Poco a poco se fueron “descafeinando” y ya no se consideran esenciales, de tal forma que únicamente los candidatos peor situados los siguen proponiendo y, en caso de haberlos, se presta mayor importancia al color de la corbata, al vestido del candidato/a o a su posición frente a la cámara, que a las ideas que transmite. Incluso la cadena que los transmite está más interesada en que sean un “espectáculo” que un debate de ideas serio y clarificador.

En los últimos años las redes sociales han sustituido a los medios tradicionales. Los formatos propios de las redes son diferentes a los empleados en otras plataformas, buscando atajos mentales que permitan a los políticos llegar directamente a los ciudadanos y cortocircuitar el área racional del cerebro, que curiosamente es el hemisferio izquierdo. Por otra parte, la facilidad de acceso de los propios ciudadanos a las redes facilita la interacción entre ciudadanos, candidatos y partidos, pero aun cuando se utilicen en positivo, cosa que pocas veces sucede, refuerzan el mensaje individual frente al programático.

El cambio de escenario ha acentuado el proceso de perdida ideológica de los mensajes, donde incluso los eslóganes publicitarios se han sustituido por frase huecas y también vacías de contenido y donde, desde luego, no se adquiere ningún compromiso, pero este traslado del campo de confrontación ha adquirido niveles alarmantes de agresividad: el todo vale es una realidad y, frecuentemente, el insulto y la mentira vuelven invisibles los mensajes programáticos si los hubiera. El y tú más está a la orden del día.

La importancia de las redes sociales, calificadas como determinantes por los gurús políticos en base a las experiencias de Obama y Trump en Estados Unidos, puede que se haya exagerado ya que la pérdida de la transversalidad y el alineamiento de los electores, facilitado por la política de bloques, muestra más un suelo firme que un techo de cristal y son difícilmente modificables.

Lo innegable es que, independientemente del soporte técnico del mensaje, el propio mensaje se ha diluido y el insulto y la mentira son los instrumentos de confrontación política. Pero sobre la antipolítica, la utilización del insulto y la mentira, hablaremos la próxima semana.

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