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Opinión

¡Qué noche (buena) la de aquel día!

Nochebuena es una noche de sentimientos encontrados, muy diferente de las navidades que vivimos de niños, que es a dónde vuelve el recuerdo todos los años por estas fechas. Mis recuerdos infantiles sitúan el comienzo de la Navidad el 22 de diciembre porque, aunque las vacaciones escolares habían comenzado algún día antes, ese día tenía lugar el sorteo de la lotería y poníamos el nacimiento, ambas cosas la misma mañana. Las voces cantarinas de los niños del colegio de San Ildefonso eran el rito iniciático y la referencia del comienzo de la Navidad. Ahora todo se inicia de forma menos precisa, más difuminada en el tiempo, casi un mes antes con la inauguración del encendido o las campañas publicitarias.

El sorteo se seguía con la radio a todo volumen en las casas de mi barrio (Vidal) porque, aunque la situación económica de la mayoría de las familias no permitía comprar décimos, sí que tenían alguna participación, generalmente obsequio de alguna tienda del barrio; esa mañana la retransmisión era la música de fondo mientras se hacían las faenas habituales de la casa. Como nunca había suerte, al final de la mañana, los vecinos se deseaban salud.

Al finalizar el sorteo salíamos a recoger musgo para el nacimiento a una explanada que separaba el barrio Vidal del barrio Blanco y de Pizarrales, un lugar que hoy ocupa la avenida de Salamanca, que entonces eran terrenos atravesados por el Regato del Anís. Otro rito que los pequeños mirábamos hipnotizados era como de las manos de nuestro padre o hermanos mayores iba tomando forma poco a poco el Belén y, cuando prácticamente estaba terminado, nos dejaban colocar alguna figura intrascendente como un pastor o una lavandera junto a un río de papel de plata, procedente de la envoltura de chocolatinas que habíamos guardado ex profeso las semanas anteriores para tal fin. Las luces del nacimiento tardaron aún muchos años en llegar.

La cena de Nochebuena era una agradable celebración familiar en torno a una mesa camilla que, debajo de las faldillas, tenía un brasero de cisco que convenía avivar periódicamente con la badila. Eran tiempos en los que se cenaba un pollo (el pavo marcaba otro nivel) que constituía un lujo en la alimentación de la mayoría de las familias, un lujo que solo se podían permitir en situaciones especiales y la Nochebuena lo era. La cena se acompañaba de risas, carcajadas y villancicos, en mi casa nunca faltaba el adestes fideles.

Al finalizar la cena era frecuente juntarse con los vecinos, nosotros con los vecinos de la casa de al lado: la octogenaria señora Josefa, su hija la señora Paca con su marido el señor Segis y su hijo Segín, algo mayor que yo. Para entonces se había apagado la radio y los villancicos se cantaban por todos acompañados de cuatro instrumentos musicales propios de las fechas: la zambomba y la pandereta, unas castañuelas y una botella de anís vacía que tenía una superficie de relieves romboidales y que tocaba con una cuchara la señora Josefa, una experta en manejar este instrumento que forma parte de la cultura navideña. En alguna ocasión se añadía a los instrumentos un almirez. La noche era larga y los más pequeños, rendidos por el sueño nos retirábamos (o nos retiraban) a dormir mientras ‘los mayores’ seguían jugando al tute o a la brisca con la tradicional baraja española hasta altas horas de la madrugada.

El resto de las navidades transcurrían de forma más insulsa ya que, en aquella época el fin de año, al menos en mi barrio, no convocaba ninguna celebración, salvo una cena similar a la de nochebuena que, por otra parte, se consideraba menos importante. Muchos años más tarde el programa especial de TVE prolongaba la noche mezclando música y humor. Del día de año nuevo no guardo ningún recuerdo especial.

Las navidades terminaban el día de Reyes. Los niños deseábamos que la noche transcurriera rápido esperando encontrar por la mañana algunos de los regalos que habíamos pedido en nuestra carta, escrita días antes cuidando la ortografía y la caligrafía para que sus majestades la entendieran bien y no se confundieran, ni con los regalos ni con la dirección de nuestra casa, regalos que casi nunca se ajustaban a los que habíamos pedido en la carta, aunque cualquier regalo, por insignificante que fuera, lo celebrábamos convenientemente animados por nuestros padres y hermanos mayores. En muchos casos la mañana de Reyes era una mañana de decepción porque las expectativas habían sido más altas que lo que la realidad permitía.

Un rato más tarde, cuando nos dejaban salir a la calle aumentaba la decepción al comprobar que a otros niños si les habían traído algún juguete de los que habíamos pedido nosotros, como un balón o una bicicleta. Esto no sucedía el resto del año porque sabías que tus padres no podían permitirse esos gastos, pero en el día de Reyes la decepción tenía su importancia porque creíamos firmemente que los regalos dependían de los Reyes Magos y no entendíamos porque no nos habían traído lo que habíamos pedido si aquel año habíamos sido buenos, incluso muy buenos, y la carta estaba escrita con una caligrafía impecable.

No es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero existen fechas en las que la melancolía nos nubla la vista y el pensamiento y nos lo puede hacer creer. Las navidades son una de esas ocasiones. ¡Feliz Navidad!

 

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