Opinión

A propósito de las consultas telefónicas

Hábito: modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas.

Real Academia Española

 

La base del ejercicio de la medicina es la relación médico-paciente, sustentada sobre un intercambio interpersonal basado en la confianza mutua, relación de la que el paciente espera una solución a sus problemas de salud por parte de un médico en quien confía.

Este tipo de relación entre dos personas (médico y paciente) no es un ejercicio profesional cualquiera basado en una transacción o intercambio mutuo, sino que exige de una empatía recíproca que se va cimentando durante años, más en la atención primaria de salud, pero también en la asistencia especializada. La confianza en el sistema sanitario es casi siempre la confianza en el médico de “toda la vida”, y ello con independencia de los aspectos organizativos e ideológicos del sistema sanitario.

Con el paso del tiempo, debido al aumento en la complejidad de la asistencia sanitaria y del peso cada vez mayor de la tecnología, esta relación se ha ido “despersonalizando” al intervenir un número mayor de profesionales en el proceso, especialmente cuando tiene lugar en los hospitales, y a la vez se ha ido deteriorando conforme el médico no ha podido o no ha querido dedicar el mismo tiempo a sus pacientes (es frecuente oírles decir: ni me ha escuchado, no me ha mirado, no me ha dejado hablar, …), debido fundamentalmente al aumento de la carga asistencial derivada de los recortes sanitarios (menos médicos para más pacientes significa menos tiempo para cada paciente) o al desinterés y desmotivación profesional del médico, o también, porque no decirlo, a la falta de formación en las facultades donde no se enseña empatía ni tampoco a interactuar con el paciente.

Escribe el doctor Víctor Manuel Arrubarrena que “el papel de la tecnología moderna en este deterioro es difícil de calcular, pero no cabe duda que ha influido en la relación médico-paciente. El médico, en quien se ha atrofiado el arte de la clínica, sufre de parálisis operativa en ausencia del artefacto-máquina que lo apoye”. Pareciera que el médico ha sido abducido por la tecnología dejando de lado lo más importante que tiene en su relación con el paciente: ojos y oídos para comunicarse con él.

Este cambio de paradigma en la forma de ejercer la medicina ha tenido dos consecuencias directas: un incremento del número de pruebas que se realizan a los pacientes y aumento del número de recetas que se expiden a cada paciente (más gasto sanitario) o, dicho de otro modo, las expectativas del paciente han pasado de la confianza en el propio médico para resolver su problema de salud, a ver a este como un gestor de análisis y radiografías y un expendedor de fármacos. Lo peor de todo es que ambos, médicos y pacientes, han aceptado resignados (¿?) el nuevo reparto de roles.

Los ordenadores o el mismo teléfono situados en la mesa del médico, son idóneos para algunas tareas que debe asumir, aunque dificultan notablemente la relación médico paciente, pero ¿a quien le importa eso?, ya digo que ambos han aceptado resignadamente los nuevos roles.

Durante la pandemia Covid la necesidad de evitar contagios ha llevado al cierre de las consultas en los centros de salud y hospitales, sustituyendo mayoritariamente el contacto directo por llamadas telefónicas. Un cierre que en gran medida persiste. Este tipo de consultas han terminado de rematar la relación médico-paciente y, aunque pueden ser de utilidad para resolver ciertas cuestiones, fundamentalmente burocráticas, no pueden sustituir las consultas presenciales donde el médico mira y escucha al paciente (aspecto fundamental), y además le explora si es necesario para poder diagnosticar el problema de salud que tiene y, en muchos casos, para hacer lo único posible: consolar.

El empleo de estas consultas puede estar justificado en circunstancias excepcionales como las de una pandemia, pero el problema pueden ser algunas actitudes que se empiezan a entrever, como que para la administración sanitaria le posibilite supuestamente ahorrar recursos, o que algunos profesionales desmotivados ¿quemados? se encuentren más cómodos con este tipo de ejercicio profesional, por lo que no encuentran ningún problema en adaptarse al mismo con o sin pandemia. Por ello, volver a la situación anterior va a ser difícil, muy difícil, pero es absolutamente necesario. La “nueva normalidad” no puede sustituir la medicina presencial, “face to face” por lo que se conoce como e-health.

La situación me recuerda un dicho que mi madre utilizaba frecuentemente y que viene como anillo al dedo para este caso: no siento que mi niño enfermó sino el mal hábito que le quedó.


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Un comentario

  1. Muy en desacuerdo. La medicina, la ciencia, progresan también con los avances tecnológicos hasta el punto de que aquellas cambian y dejan de ser lo que eran. Antes de la existencia de laboratorios y sus métodos diagnósticos se diagnostica probando la orina, por ejemplo.
    Llevo 4 meses atendiendo necesidades de pacientes en un centro de salud. La lectura de este escrito me hace pensar que quien escribe, o no trabaja en primaria, o no entiende porque se ha hecho necesaria esta forma de proceder. Las limitaciones a las consultas presenciales evitan que un centro de salud se convierte en un centro de contagio. Ningún paciente con una necesidad de atención presencial se queda sin ella. La consulta telefónica previa permite ordenar flujos y seleccionar quién cuándo cómo y dónde el paciente puede recibir la mejor atención en el centro de salud. la longitudinalidad en la atención permite precisamente optimizar estos recursos tecnológicos. Lo que necesitamos es más recursos y más profesionales.

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