Opinión

Covid-19: un presente duro y un futuro incierto

 

Es posible que como sociedad hayamos aprendido poco acerca de la importancia del principal problema al que nos enfrentamos, la pandemia Covid-19, en el que lo que está en juego es la vida o la muerte. Hemos dejado transcurrir varios meses sin que los gobiernos de España y de las distintas Comunidades Autónomas salgan de su nihilismo y hayan adoptado las medidas imprescindibles para prevenir lo que inexorablemente sucedería en otoño, y sin que una parte muy importante de la sociedad respete las indicaciones para contener la intensidad del nuevo brote. Ahora, el brote ya está aquí, y podemos predecir sin riesgo a equivocarnos que tendrá consecuencias sanitarias y económicas muy serias para todos nosotros. Es seguro que no se podía evitar, pero si prever y disminuir su impacto.

 

Nos sucede lo mismo que a los malos estudiantes, suspendimos en junio, no hemos aprovechado el verano para estudiar y estamos suspendiendo en septiembre, lo que nos lleva inevitablemente a repetir curso. Confundimos la “nueva normalidad” con la normalidad previa y después del confinamiento salimos a la calle desbocados, pensando que todo vale, que todo volvía a ser como antes, incluso con muchas más ganas de bebernos la vida.

Tras el confinamiento no existió un plan que definiese la actividad económica esencial, y se abrieron nuevamente sectores económicos que se podía prever que constituirían una oportunidad de diseminación comunitaria del virus, en vez de haber analizado que sectores económicos son fundamentales para evitar la ruina económica de España. Obviamente no soy experto en economía, pero a mi entender parece claro que son sectores fundamentales la agricultura y ganadería, el sector industrial y una parte importante del sector servicios (educación, sanidad, transporte, alimentación…), pero que otros muchos no tienen un valor estratégico suficiente como para poner en riesgo la actividad económica del resto de los sectores y de todo el país.

Un ejemplo paradigmático es el sector del ocio nocturno que ahora se cierra a cal y canto, cuando se debió prever lo que ha sucedido, incluso por las patronales del propio sector de hostelería, restauración y ocio.  Por una mala gestión de una parte de un sector no esencial, el resto del propio sector se ve ahora duramente afectado. De ello pueden dar fe hoteles y restaurantes que han visto anuladas sus reservas y se enfrentan ahora a una situación económica muy difícil, además de otras áreas importantes para su supervivencia como agencias y aerolíneas que traen los turistas de los que dependen. Es, perfectamente posible, contemplar un sector turístico sin discotecas, pero no sin turistas, que es a lo que ahora nos enfrentamos. Aparte de culpar al gobierno y pedir ayudas económicas no hemos escuchado un atisbo de autocrítica en el propio sector.

Igual sucede con la población en general. Se han dictado tarde y de forma confusa recomendaciones como el uso de la mascarilla, los lavados de manos y el distanciamiento social y no se han planteado como una obligación hasta muy tarde, por lo que no se han establecido mecanismos para vigilar su cumplimiento ni puesto los medios para aplicar sanciones disuasorias ejemplares, por lo que una parte importante de la población las ha ignorado. Si se establece una norma y no se vigila y sanciona el incumplimiento, dejando este al libre albedrío, sucede que la norma se vacía de contenido.

Por poner un ejemplo al respecto: ¿se imaginan ustedes que sucedería en las carreteras españolas si las limitaciones de velocidad y otras normas fueran solo recomendaciones y no obligaciones? ¿Se imaginan que sucedería si, aunque las normas de circulación fueran obligatorias, no existiera un sistema de vigilancia y sanciones? Pues bien, por seguir con el ejemplo de la DGT, ni siquiera se ha hecho una campaña publicitaria en los medios respecto del coronavirus a imitación de las excelentes campañas publicitarias de la DGT, y eso que el número de muertos y afectados por ambas cuestiones no son ni remotamente comparables y sin embargo, hemos visto más imágenes de las UCIs con pacientes ingresados por accidentes de tráfico que ingresados por el coronavirus.

Llega septiembre y el país se enfrenta a retos muy importantes como la recuperación de la actividad en sectores como el educativo, del que depende no solo el futuro de niños y jóvenes, sino el hecho de que sus padres puedan volver al trabajo, por lo que el efecto multiplicador de todo lo que no sea enseñanza presencial afectará a toda la economía.

En una sociedad civilizada no se pueden dejar cosas esenciales a la auto-regulación. Son buen ejemplo de ello el sector del tabaco, donde la industria tabacalera proponía hace años una publicidad responsable (un engaño manifiesto) para evitar que la publicidad fuese prohibida, o el sector del juego que, para que no se prohíba su publicidad incorpora en sus anuncios una apostilla en letra pequeña acerca de tener más de 18 años y ser responsable al jugar, cuando todos sabemos, y las empresas de puestas las primeras, que saben que estas apostillas no sirve para nada, y lo que hay que hacer es prohibir completamente toda su publicidad.

Para afrontar el problema del coronavirus se necesitan medidas mucho más enérgicas y que se esté en condiciones de hacerse cumplir. Ya vamos tarde, muy tarde, pero ese es el riesgo al que nos enfrentamos y, en este caso, además, con mucha desconfianza acerca de la gestión de las administraciones públicas responsables en cada caso. Parece que al coronavirus solo le tienen miedo las personas mayores, los médicos y resto de los profesionales sanitarios, posiblemente porque son los que han pagado un precio más alto y ahora se sienten de nuevo en el centro de la diana.

Por favor, usa la mascarilla, lávate las manos y mantén el distanciamiento social para evitar que la siguiente recomendación u obligación sea de nuevo quédate en casa, pero sobre todo para que el coronavirus no produzca más muertos que aquellos que haya sido imposible evitar.

 


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